CEyD Goyo Flores

Guillermo Lora: Marx y la Teoría de la Revolución Permanente (1968)

El 17 de junio (1968) y abajo los auspicios de la FUL paceña (Bolivia) dictó una conferencia Guillermo Lora. El público, que había colmado totalmente el Paraninfo aplaudió con entusiasmo al orador. Ofrecemos una síntesis de dicha exposición:

Guillermo copia

I.

LA REVOLUCIÓN PERMANENTE EN MARX Y ENGELS

a) “Manifiesto Comunista” (1848).  En el capítulo IV del “Manifiesto” se lee: “Los comunistas fijan su principal atención en Alemania (en vísperas de la revolución de 1848, G.L.), porque Alemania se halla en vísperas de una revolución burguesa y porque llevará a cabo esta revolución bajo condiciones más progresivas de la civilización europea en general, y con un proletariado mucho más desarrollado que el de Inglaterra en el siglo XVII y el de Francia en el XVIII, y, por lo tanto, la revolución burguesa alemana no podrá ser sino el preludio inmediato de una revolución proletaria.” En el párrafo transcrito está ya contenida la teoría de la revolución permanente.

Extraña que Trotsky no se refiera con detenimiento a este párrafo del “Manifiesto” y sólo de pasada lo cita en su escrito “A 90 años del ‘Manifiesto comunista”.

Marx ha dicho en otro lugar y refiriéndose al mismo tema y época: “Los proletarios pueden aceptar y deben aceptar la revolución burguesa como condición de la revolución proletaria. Pero jamás, ni por un momento, considerarla como su propia meta final”. (Marx, “Escritos Varios”, T. II).

La burguesía alemana de ese entonces se había quedado muy rezagada, empezaba a luchar contra la monarquía absoluta y a consolidar su poder político, en una época en que la burguesía de todos los demás países adelantados se hallaba ya empeñada en una lucha de vida o muerte contra el proletariado. “No obstante, los comunistas no debían frenar ni por un momento en su labor específica. No debían cejar en su misión de educar a los obreros en la conciencia de sus intereses de clase, opuestos a los de la burguesía, haciéndoles comprender que la batalla contra ésta empezaría inmediatamente después del derrumbamiento de la monarquía absoluta, tan pronto como se evidenciase que la revolución burguesa no era más que el preludio de la revolución proletaria”. (D. Riazanov, `Notas al Manifiesto”)

Se discute sobre si la paternidad del capítulo IV del “Manifiesto” corresponde a Marx o Engels. Teniendo en cuenta la táctica propuesta en “Principios de comunismo” frente a la burguesía, se tiene que concluir que el autor es Marx, quien “eslabona la revolución burguesa de Alemania (donde las condiciones eran mucho más propicias que aquellas con que se habían encontrado Inglaterra y Francia en los siglos XVII y XVIII respectivamente) con la revolución proletaria, entendiendo que la primera no sería más que el preludio de la segunda”. (Riazanov).

Los clásicos del marxismo ponen de relieve una de las características más notables de las revoluciones de nuestra época (época de desarrollo y desintegración del capitalismo) y que es la presencia del proletariado plenamente formado. Esta clase social tiende a convertirse en dirigente del proceso revolucionario y le imprime su propio sello. Las revoluciones de nuestra época, aún cuando comiencen como burguesas, no pueden menos que concluir como socialistas. La presencia del proletariado, actuando como clase para sí, es el factor determinante de las limitaciones y de la impotencia de las burguesías nacionales. A cien años de la revolución alemana de 1848, las burguesías han declinado políticamente mucho más y el proletariado, contrariamente, se ha fortalecido enormemente, sobre todo, en el plano de la conciencia de clase.

b) La “Circular de la Liga Comunista” de marzo de 1850. En este histórico documento y fundamental para la elaboración del programa del proletariado, se lee: “Las peticiones democráticas no pueden satisfacer nunca al partido del proletariado. Mientras que la democracia pequeño-burguesa desearía que la revolución terminase tan pronto ha visto sus aspiraciones más o menos satisfechas, nuestro interés y nuestro deber es hacer la revolución permanente, mantenerla en marcha hasta que todas las clases poseedoras y dominantes sean desprovistas de su poder, hasta que la maquinaria gubernamental sea ocupada por el proletariado… las fuerzas más importantes de producción sean concentradas en manos del proletariado . . .” Es en este documento que por primera vez aparece la expresión “revolución permanente” y que será tan usada por Marx y Engels.

En “Las luchas de clases en Francia, 1848-1850” de Marx encontrarnos el siguiente párrafo: “El socialismo revolucionario es la declaración de la revolución permanente, la instauración de la dictadura de clase del proletariado como paso necesario para la abolición de las distinciones de clase en general, para la abolición de todas las relaciones sociales quedependen de estas condiciones de producción para la subversión de todas las ideas que emanan de estas relaciones”.

“La Circular” señala cómo deben actuar los obreros dentro de la perspectiva de la revolución permanente: “Al margen del gobierno oficial, los obreros deben constituir un gobierno de trabajadores revolucionarios, sea bajo la forma de comités locales ejecutivos y de comités de trabajadores, de manera que los gobiernos democrático-burgueses no sólo pierdan inmediatamente todo apoyo entre los obreros, sino que desde el principio se encuentren bajo el control y la amenaza de las autoridades detrás de las cuales se encuentra la masa entera de la clase obrera….”

¿Cuál el sentido de la “Circular”? Marx y Engels dicen que su objetivo era desenmascarar completamente a la democracia, para así armar ideológicamente a la clase obrera. ‘Se trata del mensaje a la Liga que redactamos juntos; en el fondo, nada más que un plan de guerra contra la democracia” (Carta de Marx a Engels, Londres, 13 de julio de 1851).

Más adelante se señalan los objetivos inmediatos del proletariado: “A fin de que este partido (el demócrata), cuya traición a los obreros comenzará -dice la Circular- con la primera hora de la victoria, se vea imposibilitado de llevar a cabo su nefasta obra, es necesario armar y organizar al proletariado… con sus propios jefes y su estado mayor, ponerlo bajo las órdenes, no del gobierno, sino de las autoridades revolucionarias nombradas por los obreros… No deben ser apartados de su camino hacia la independencia proletaria por la hipocresía de la pequeña burguesía democrática. Su grito de guerra tiene que ser: “¡revolución permanente! “.

La “Circular” fijaba la conducta política y organizativa (entre ambas hay una ligazón indisoluble) del proletariado frente a las otras clases que, en determinado momento, habían asumido o tenían posibilidades de asumir actitudes revolucionarias. Fue redactado como el balance de las revoluciones en el período de ascenso del capitalismo, en el que la burguesía y la pequeña burguesía jugaban un papel indiscutiblemente revolucionario y cuando la dirección política de estas clases arrastra al proletariado. Pero aún bajo estas circunstancias (que ya no se dan en toda su plenitud en nuestros días), Marx creía que era deber fundamental de los comunistas organizar de manera independiente el partido de la clase obrera: “Mientras el partido democrático, el partido de la pequeña burguesía, amplía y robustece su organización, el partido de la clase obrera pierde su cohesión o forma organizaciones locales para fines locales, y así se ve envuelto en el movimiento democrático y cae bajo la influencia de la pequeña burguesía. Este estado de cosas debe terminar: la independencia de la clase obrera debe ser restablecida”. La finalidad de esta recomendación no era otra que evitar que el proletariado marchase a remolque de la burguesía como en 1848: “el partido de la clase trabajadora debería estar fuertemente organizado y actuar unánime e independiente, si no quiere de nuevo ser explotado y marchar a remolque de la burguesía, como en 1848”. Después de más de cien años, en plena etapa de descomposición del capitalismo, cuando la burguesía ha demostrado su carácter reaccionario y la pequeña burguesía la imposibilidad de desarrollar consecuentemente una política independiente de clase, ciertos elementos, que pretenden pasar de comunistas, van a remolque de la burguesía nacional, unas veces, y otras de la pequeña burguesía.

A mediados del siglo XIX la burguesía europea agota sus posibilidades revolucionarias. Es sobre la experiencia de 1848 frente al movimiento democrático, en el cual la burguesía desempeñó el “papel de traidora”, que los maestros del socialismo elaboran la crítica de su actuación y fijan la táctica del proletariado frente a la burguesía y a la pequeña burguesía, táctica que, en sus líneas generales, conserva hoy toda su validez. En la “Circular” se señala la estrategia del partido obrero dentro de la perspectiva de la revolución permanente y que difiere radicalmente de la estrategia de la burguesía. Esta última clase busca estrangular el proceso dentro del marco de sus propios intereses. Marx y Engels señalaron que el proletariado llevaría la revolución hasta el extremo de destruir toda forma de opresión clasista y a este proceso llamaron, precisamente, “revolución permanente”.

La perspectiva de Marx-Engels se basaba en el papel totalmente novedoso que jugaba el proletariado en el escenario político y encontraba su confirmación en la experiencia de las revoluciones anteriores: “Las conquistas de la primera victoria sólo se consolidaban mediante la segunda victoria del partido más radical” (Engels).

El proletariado aunque ignore la existencia de la teoría de la revolución permanente actúa conforme a ella, debido a su particular naturaleza clasista, que arranca del lugar que ocupa dentro del proceso de producción. Los obreros desde el primer momento en que chocan con el patrón y recurren al método de la acción directa, pugnan, unas veces sin saberlo y sin querer, por destruir los cimientos del capitalismo. De aquí se deduce que toda huelga lleva implícita la posibilidad de generalizarse y convertirse en guerra civil.

Los clásicos del marxismo lucharon contra la tendencia que pretendía aplicar a las revoluciones producidas en el siglo XIX, cuando era ya indiscutible la presencia del proletariado como clase, los modelos y las proyecciones de las revoluciones burguesas de épocas anteriores.

c) Resumen. Marx y sus adeptos formularon la idea de la revolución permanente en oposición a la ideología democrática; la cual, como es sabido, pretende que con la instauración de un estado democrático, no hay ningún problema que no pueda ser resuelto por la vía pacífica, reformista o progresista. Marx consideraba a las revoluciones burguesas del siglo XIX como preludio de la revolución proletaria. Y, aunque se equivocó, su error fue cronológico y no de método. La revolución de 1848, por ejemplo, no se trocó en socialista; pero, precisamente por ello, no condujo a la democracia.

En la época del pleno desarrollo capitalista (con mayor razón bajo el imperialismo), las burguesías de los países atrasados no pueden cumplir las tareas que históricamente les corresponde.

II.

LA NUEVA TEORÍA DE LA REVOLUCIÓN

El pensamiento de Marx y Engels se diferencia del de los demás socialistas de su época porque consideraban decisiva para la revolución la presencia del proletariado en el escenario político. Es este hecho fundamental el que transforma el carácter de las revoluciones que se producen durante el siglo XIX. Elaboran una nueva teoría de las revoluciones contemporáneas y someten a una severa crítica a todo intento de encasillar los procesos de transformación social dentro de los moldes de la revolución clásica burguesa.

En la misma medida en que arremete el proletariado, la burguesía se hace contrarrevolucionaria. Las burguesías nacionales que han llegado tarde al escenario, coincidiendo con el florecimiento o decadencia del capitalismo, ya no tienen tiempo ni pueden cumplir sus tareas específicas. Este es otro de los aspectos de la nueva teoría de Marx y Engels. Esta relación directa entre la pujanza del proletariado y la impotencia de la burguesía es uno de los hechos que permite que sin la presencia de la clase obrera no sería posible ni concebible este nuevo tipo de revolución. La nueva teoría de la revolución puede enunciarse así:

1. Las revoluciones hasta antes del siglo XIX presentan como rasgo diferencial el ser minoritarias (minoritarias por servir los intereses de una minoría, aunque reciban el apoyo de casi toda la población). Se limitaban a sustituir una forma de opresión de clase por otra y no se contaba entre sus proyecciones la supresión de las clases.

2. Las revoluciones en las que interviene el proletariado se convierten, por primera vez en la historia, en revoluciones mayoritarias, es decir, al servicio de toda la sociedad, aunque estén dirigidas por una minoría. Estas revoluciones tienden a destruir toda forma de opresión clasista. La presencia del proletariado convierte a la revolución en permanente.

3. Una minoría toma el poder, y recibe el apoyo de las grandes masas, por ser la única capaz de hacerlo en ese momento y porque el desarrollo de las fuerzas productivas le obliga a seguir ese camino. La minoría deviene caudillo nacional.

4. En nuestra época el proletariado gana el apoyo mayoritario porque representa fielmente las aspiraciones más profundas de todo el país. Sin vinculaciones con el pasado histórico y sin intereses que defender en la presente sociedad, el proletariado es la única clase revolucionaria consecuente. Las otras clases sociales lo más que pueden hacer es asumir actitudes revolucionarias.

5. La presencia del proletariado obliga a la burguesía a modificar la conducta que observó en el transcurso de sus revoluciones clásicas (siglos XVIII y XVII). Al sentirse amenazada por el proletariado, “su inseparable compañera”, busca apoyo en la reacción criolla e internacional, para poder salvar por lo menos parte de sus intereses.

6. La burguesía de nuestra época, desde cierto momento de su existencia, se torna cobarde y enemiga de la revolución, es decir, cuando se da cuenta que el proletariado amenaza con superarla.

7. El proletariado, la capa más baja y oprimida, para liberarse está obligado a liberar a toda la sociedad.

III.

LA REVOLUCIÓN PERMANENTE EN LENÍN Y TROTSKY

a) Lenín. El 14 de septiembre de 1905 (época en que la discusión giraba alrededor del problema de fijar el carácter de la revolución rusa) Lenín escribió lo que sigue: “De la revolución democrática comenzaremos a pasar inmediatamente, en la medida de nuestras fuerzas, de las fuerzas del proletariado consciente y organizado, a la revolución socialista. Nosotros somos partidarios de la revolución ininterrumpida. No nos quedaremos a mitad del camino”.

Cuando se dice que la vanguardia proletaria en el poder no se quedará en medio camino al realizar las tareas demoburguesas y que pasará a las tareas socialistas, se está planteando la tesis central de la revolución permanente: la transformación de la revolución democrática en socialista dentro de un proceso ininterrumpido.

En 1917 dijo Lenin que la revolución rusa de 1905 era por su contenido social, es decir, por sus tareas, una revolución democrática (burguesa) y por la clase social dirigente y por sus métodos una revolución proletaria: “La originalidad de la revolución rusa consiste en que era, por su contenido social, una revolución burguesa democrática y, por sus métodos de lucha, una revolución proletaria: “La originalidad de la revolución rusa consiste en que era, por su contenido social, una revolución burguesa democrática y, por sus métodos de lucha, una revolución proletaria. Era una revolución burguesa democrática porque el objetivo al cual aspiraba directamente y que podía alcanzar inmediatamente por sus fuerzas era la república democrática, la jornada de 8 horas, la confiscación de las inmensas propiedades rurales de la nobleza, las medidas que realizó casi enteramente en Francia la revolución burguesa en 1792 y 1793.

“La revolución rusa era, al mismo tiempo, una revolución proletaria, y esto no solamente porque el proletariado era la fuerza dirigente de ella, la vanguardia del movimiento, sino porque el medio de lucha específico del proletariado, la huelga, constituía el medio principal de levantar a las masas, el fenómeno más característico de la ola ascendente de los acontecimientos decisivos”.

Lo que es más elocuente en Lenin es que afanosamente enseñó a desconfiar de las burguesías nacionales y no ir a su zaga; “Precisamente por ser burguesa la revolución se debe enseñar al proletariado a desconfiar de la burguesía”.

b) Trotsky. Definió el carácter permanente de la revolución rusa en la siguiente fórmula: “El proletariado victorioso no se detendrá en el programa de la democracia burguesa, sino que pasará inmediatamente al programa del socialismo”.

La revolución permanente en su esencia no es más que la transformación de las tareas democráticas en tareas socialistas bajo la dirección del proletariado. “En realidad, la tendencia a transformar la revolución democrática en socialista se funda en la estructura social del capitalismo” (Trotsky).

1. Los objetivos democráticos de las naciones burguesas atrasadas conducen, en nuestra época, a la dictadura del proletariado, y ésta pone a la orden del día las reivindicaciones socialistas. “La democracia dejaba de ser un régimen de valor intrínseco para varias décadas y se convertía en el preludio inmediato de la revolución socialista, unidas ambas por un nexo contínuo. Entre la revolución democrática y la transformación socialista de la sociedad se establecía, por lo tanto, un ritmo revolucionario permanente”. La revolución permanente es el proceso que no se detiene en medio camino y dentro de cuyo ciclo se destruye toda forma de opresión clasista.

2. “El segundo aspecto de la teoría caracteriza ya la revolución socialista como tal. A lo largo de un período de duración indefinida y de lucha interna constante, van transformándose todas las relaciones sociales. Y en este proceso de transformación cada nueva etapa es consecuencia directa de la anterior”.

3. El carácter internacional de la revolución socialista (3er. aspecto) es consecuencia inevitable del estado actual de la economía y de la estructura social de la humanidad. El internacionalismo no es un principio abstracto, sino únicamente el reflejo teórico y político del carácter mundial de la economía, del desarrollo mundial de la lucha de clases. “La revolución socialista empieza dentro de las fronteras nacionales; pero no puede contenerse en ellas. La contención de la revolución proletaria dentro de un territorio nacional no puede ser más que un régimen transitorio…. Con la existencia de una dictadura aislada, las contradicciones internas y exteriores crecen paralelamente a los éxitos. Su salvación está únicamente en hacer que triunfe el proletariado en los países más progresivos. La revolución socialista implantada en un país no es un fin en sí, sino únicamente un eslabón de la cadena internacional”.

IV.

LA REVOLUCIÓN PERMANENTE EN BOLIVIA

1. La Tesis de Pulacayo. La teoría de la revolución permanente (como la posibilidad de que el proletariado -numéricamente pequeño, pero política y económicamente poderoso- llegue al poder en Bolivia antes que en otros países capitalistas avanzados, como resultado de las profundas contradicciones del país y a la cabeza de la nación revolucionaria y que, una vez dueño del Estado, se verá obligado a realizar plenamente las tareas democráticas, transformándolas en socialistas) fue formulada por primera vez en la “Tesis de Pulacayo”. Sus impugnadores, es decir, los elementos que se identificaron como enemigos de la clase obrera, centraron gran parte de su crítica alrededor de la denuncia de las ideas trotskystas que contiene el documento. En oposición a la “Tesis de Pulacayo”, el stalinismo (PIR) sostuvo que el poco numeroso e inmaduro proletariado boliviano debía limitarse a jugar el papel de oposición de izquierda del movimiento democrático. Partiendo de tal planteamiento, los piristas concluyeron pactando con la rosca y hasta masacrando a trabajadores mineros.

2. Programa del POR. Planteada que fue la necesidad de ganar a las masas para las posiciones del Partido, se hizo necesario responder a los problemas de las clases no proletarias, es decir, a los problemas nacionales. Es entonces que recién se estudia la forma de resolver plenamente las tareas democráticas, muchas de las cuales no fueron siquiera enunciadas por la clase dominante. De esta fecha datan las tesis del Partido sobre la inminencia del gobierno obrero, que tendrá, a pesar de ser obrero, que comenzar solucionando las tareas democráticas. De esta manera las tesis de la revolución permanente se convirtieron en la piedra angular del programa partidista

3. Crítica del M N R. La teoría de la revolución permanente nos permitió anunciar, aún mucho antes del 9 de abril de 1952, que el MNR en el poder sería sobrepasado por las masas y que no tenía más porvenir que concluir capitulando ante el imperialismo. Los acontecimientos (particularmente el golpe gorilista de noviembre de 1964) han confirmado el pronóstico.

Armados de la doctrina marx-leninista, fuimos los primeros en señalar que el lechinismo -bautizado por nosotros como la izquierda del MNR- tenía que correr la misma suerte que su partido en conjunto, debido a su impotencia política y por ser parte integrante de una agrupación ajena al proletariado.

4. El porvenir de la revolución. El POR llegará al poder a la cabeza de la nación revolucionaria, marchando dentro de la línea táctica de la alianza obrero-campesina. El gobierno obrero campesino no será, pues, más que el gobierno obrero apoyado directamente por los campesinos y por los sectores mayoritarios de la clase media.

Si el POR no se convierte en partido de masas, sino conquista el puesto de caudillo nacional indiscutido, la revolución boliviana no tiene posibilidades de salvación y corre el inminente riesgo de perecer bajo la creciente presión del imperialismo.

A nuestros adversarios les advertimos, siempre con la revolución permanente, que las enormes contradicciones que se generan dentro del proceso revolucionario serán superadas en la palestra internacional. En ningún momento hemos sostenido la posibilidad de construir el socialismo dentro de las fronteras nacionales. Algo más, nos orientamos a encontrar los canales que nos liguen con la avalancha revolucionaria internacional, comenzando por la latinoamericana.

5. El gobierno obrero-campesino. La debida comprensión de esta consigna no puede lograrse al margen de la teoría de la revolución permanente. La incapacidad e incipiencia de la burguesía agiganta el papel político del proletariado. El enorme peso de los campesinos y su imposibilidad de jugar un papel independiente y menos de constituirse en dirección política, convierte en necesaria la alianza obrero-campesina. Más, esta alianza quiere decir que sea el proletariado el que arrastre a los campesinos por el camino revolucionario. El proletariado minoritario se transforma, por estar obligado a emancipar a toda la sociedad en su empeño de emanciparse a sí mismo, en caudillo y portavoz de la mayoría nacional.

La peculiar relación de clases sociales en Bolivia y el incumplimiento de las tareas democráticas, imponen la necesidad de estructurar el gobierno obrero-campesino si se quiere llevar adelante la revolución iniciada el 9 de abril de 1952.

Advertencia. La revolución permanente no debe confundirse con otras teorías. Nada tiene que ver con la permanencia de la revolución, que sostiene que en todo momento y en cualquier país puede el proletariado tomar el poder.

Proudhon habló de la revolución como “un estado permanente”, como una serie de evoluciones, ya lentas o ya más rápidas. Habló de una sola y única perpetua revolución. Era, en verdad un evolucionista.

Los que incurren en una desviación izquierdista abusivamente invocan el nombre de Trotsky para formular la tesis de que en Bolivia sólo puede concebirse una revolución puramente socialista y que ya no hay lugar para formular las tareas democráticas.

La revolución permanente no plantea la realización de las tareas democráticas separada y paralelamente a las socialistas, pues esto supondría la estructuración de una sociedad burguesa junto a la socialista.


Publicado por vez primera: Masas, N° 346, 27 de julio de 1968.
Partido Obrero Revolucionario, Sección Boliviana del CERCI,

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PDF : Altamira, Jorge, Teoria Marxista y Estrategia Politica, Rumbos, Bs. As., 1998. DESCARGA

Ponemos a disposición del publico un libro fundamental en la Izquierda Argentina, que hace tiempo ya no se encuentra en circulación en formato impreso. Teoría Marxista y Estrategia Política de Jorge Altamira, Ediciones Rumbos, Buenos Aires, 1998.

Este material se constituye como un compilado de textos en los que se discuten cuestiones fundamentales de la teoría marxista. Se tratan en él; la guerra de Malvinas, la revolución nacaraguence, la revolución rusa la restauración capitalista en la ex-URSS, entre otros temas.

PARA DESCARGAR PDF: 247725339-Jorge-Altamira-Teoria-Marxista-y-Estrategia-Politica-OCRed

A continuación reproducidos el prologo al libro escrito por el historiador y economista Osvaldo Coggiola, militante del Partido Obrero (PO) de Argentina y de la Coordinadora por la Refundación de la Cuarta Internacional (CRCI). Autor, entre otras obras, de Rojo Amanecer, La lucha de clases en America Latina hoy (2007) e Historia del trotskismo en Argentina y América Latina (2006).


INTRODUCCION

Osvaldo Coggiola

Jorge Altamira es el principal dirigente del Partido Obrero de Argentina, surgido a partir de la organización trotskista Política Obrera, fundada en 1963/64. La notable continuidad política del PO, que mantuvo una firme actividad militante (nacional e internacional) a lo largo de las últimas tres décadas y media, las más turbulentas de la historia política del país, constituyen un caso excepcional en la izquierda latinoamericana, que justificaría por sí misma la publicación de los textos que hoy ofrecemos al lector.

Pero esa es apenas una de las razones de su publicación. Los textos de Altamira ofrecen interés por ser la expresión más autorizada y consecuente de una corriente política f lo que no significa que carezcan de cualquier sello individual. Muy por el contrario.

Si, en el futuro, algún historiador se interesara en la actividad de estos 35 años del Partido Obrero, y de Altamira en particular, deberá tener como una de sus fuentes los 336 números de Política Obrera publicados entre 1963 y 1983, los más de 600 ejemplares de Prensa Obrera publicados desde 1984, los seis números de la revista Internacionalismo (publicados entre 1980 y 1983), los 21 números de En Defensa del Marxismo, publicados desde 1991, así como centenares de folletos, declaraciones y volantes publicados en todos esos años. De esto se deduce que la selección de los textos que siguen, tiene una cierta dosis de arbitrariedad, por la cual el autor de estas líneas es responsable exclusivo.

La arbitrariedad podría ser extendida al hecho de que han sido escogidos textos de Altamira, y no de otros dirigentes y teóricos de la misma corriente. Textos que, como los de delimitación política con la corriente de Pierre Lambert, o con el Secretariado Unificado de la IVa Internacional, o aún con la corriente liderada por el argentino Nahuel Moreno, fueron de importancia crucial en la historia del PO y de la corriente internacional vinculada al PO.

El criterio de elección, sin embargo, pretendió ser, dentro de las limitaciones de espacio, lo más objetivo posible: fueron elegidos textos que cubriesen toda la trayectoria de Altamira y del PO (el primer texto data de 1964; el último de1996),

que fuesen representativos desde el punto de vista programático y, también, significativos desde el punto de vista político (como las declaraciones de PO en el Foro de San Pablo, que congrega a casi toda la izquierda latinoamericana). A estas preocupaciones debe sumarse el que sean históricamente representativos, pero no al punto de agrupar los textos en secuencias cronológicas, criterio al cual preferimos un orden temático, partiendo de una declaración de principios más general, pasando por diversas cuestiones políticas centrales de nuestra etapa histórica (la democracia, el Frente Popular, la cuestión de la Internacional Obrera —centrada en la polémica sobre la IVa Internacional—, el derrumbe de la burocracia de los Estados obreros —el mal llamado {fin del socialismo’—, en fin, el debate acerca de la actual coyuntura internacional) hasta llegar a la situación presente de la lucha de clases mundial, sus raíces y perspectivas históricas. Esta secuencia obedece a una lógica, determinada por ser éste un libro político, de combate.

Desde su nacimiento, Política Obrera (después Partido Obrero a partir de 1983), concibió la estructuración revolucionaria de la vanguardia obrera en la Argentina como un aspecto de su organización revolucionaria a nivel mundial (el internacionalismo proletario). De allí, que su núcleo inicial (entre los que cabe mencionar, además de Altamira, a Julio N. Magri, Roberto Grammar, Luis Torres y, en la etapa inmediatamente posterior Marcelo Martín, dirigente obrero de Córdoba muerto en circunstancias sospechosas poco tiempo después del Cordobazo de mayo de 1969) se conformase en el cuadro de un debate, en la izquierda revolucionaria, no sólo sobre las perspectivas revolucionarias en el país

y en América Latina (debate fuertemente influenciado por la entonces reciente Revolución Cubana, y las teorías acerca del ‘foco insurreccional\ así como por la Revolución Cultural china) sino también acerca de la cuestión de la Internacional

Obrera, que llevó al núcleo inicial a definirse, primero, por el partido obrero revolucionario contra el ‘foco’ iluminado; después por la “vigencia de la continuidad del leninismo-trotskismo” ys finalmente, por la IVa Internacional, aunque criticando las expresiones degeneradas y sectarias que invocaban su nombre en la Argentina (el mesianismo lunático de Posadas, el foquismo de Santucho y el futuro PRT-ERP, el oportunismo nacionalista de Jorge Abelardo Ramos, y el oportunismo multidireccional —y por eso más duradero— de las sucesivas siglas encabezadas por Nahuel Moreno) y en América Latina, Este debate se procesó en diversos grupos y organizaciones de izquierda en la primera mitad de la década del ‘60 —el grupo Praxis de Silvio Frondisi; el MIRA-Reagrupar; la escisión del PCA Vanguardia Revolucionaria, con Juan Carlos Portantiero; el PC-CNRR (Comité Nacional de Recuperación Revolucionaria), que se convirtió en el maoísta Partido Comunista Revolucionario; el propio PRT (Partido Revolucionario de los Trabajadores)— desembocando en el núcleo que configuró el PO.

Pero el PO no era un grupo de ‘discuiidoresDesde su inicio, y en particulara partir del golpe militar de Onganía (junio de 1966), orientó su actividad también en dirección a las fábricas, uniendo la práctica con la teoría revolucionaria, estructurando política y organizativamente a los mejores elementos de la vanguardia obrera en los principales centros industriales. Cuando se realizó el primer Congreso Nacional Clasista del movimiento sindical, en 1971, en Córdoba, convocado por los sindicatos clasistas de Fiat (Sitrac y Sitram), la delegación de! PO era una de las más numerosas y, sin dudas, la más homogénea políticamente.

Nada tiene de sorprendente, por lo tanto, que a lo largo de su trayectoria, el PO haya conseguido reclutar a muchos de los principales dirigentes clasistas del movimiento obrero y de la democracia revolucionaria.

En las durísimas condiciones represivas que fueron las de la Argentina en las décadas del ‘70 y del ‘80, el PO tuvo que pagar un duro precio por su actividad militante. La represión ‘constitucional’ o dictatorial, que segó la vida de decenas de miles de militantes obreros y populares, costó al PO, en 1974, el asesinato por la Triple A peronista de los activistas obreros Jorge Fisher y Miguel Angel Búfano, dirigentes clasistas del sindicato de la pintura. En los ‘años de plomo’ (1976/83) ‘desaparecieron’, muriendo bajo la tortura, los dirigentes de PO

Fernando Sánchez, Marcelo Arias y Gustavo Grassi, así como varios de sus activistas y simpatizantes: Marcelo Hojman, Susana Huerta, Claudio Zorrilla y un grupo de estudiantes peruano-bolivianos asesinados en Córdoba, a comienzos de 1976 por el ‘Comando Libertadores de América> del criminal confeso general Menéndez, del IIIo Cuerpo de Ejército, en la que fue probablemente la primera ‘acción’ de los ‘grupos de tareas’ específicos de la dictadura militar de Videia- Viola-Galtieri-Bignone. Sin hablar de las decenas de detenidos, presos por largos años, exiliados, etc.

Prácticamente desde su inicio, el PO llevó a la práctica la lucha por el internacionalismo proletario. Desde 1968/69, entró en contacto y colaboración con el Partido Obrero Revolucionario (POR) de Solivia (liderado por Guillermo Lora) y, a través de éste, con el Comité Internacional (Cí) de la IVa Internacional, que se escindió en 1971, con el sector liderado por ia OCI francesa (PierreLambert) que convergió, más tarde, con el PO y el POR en el Comité deOrganización por la Reconstrucción de la IVa Internacional (CORCÍ).

Durante la existencia del CORCI, el PO ejerció responsabilidades internacionales: crear su sección chilena (la OMR) durante el proceso alíendista (con Roberto Grammar y Esther Kitay) e intervenir directamente en la creación de otras, como el POMRde Perú (liderado por Ricardo Napurí) y la OSI-O Trabalho de Brasil, en 1975. También jugó un papel central en la organización de la Io y la IIo Conferencias Trotskistas Latinoamericanas, y también de la frustrada IIIo.

En verdad, el PO fue el principal responsable por el único debate programático serio en el CORCI, al extender el debate acerca del frente único antimperialista y sobre los sindicatos latinoamericanos (que la OCI lambertista caracterizó como “burgueses”) al conjunto de la política del CORCI, tanto para los países atrasados como para los países imperialistas. La provocación con que la OCI atacó al PO, no sólo frustró el debate sino también al propio CORCI, que explotó en 1978. En 1979, el PO y el POR fundaron la efímera Tendencia Cuartainternacionálista (TCI) que no consiguió superar sus limitaciones políticas y organizativas iniciales, pese al esfuerzo de PO (que editó durante cuatro años la revista de la TCI, Internacionalismo).

Siendo el internacionalismo una cuestión programática, de principio, estos fracasos no implicaron su abandono y, bien entendido, ni siquiera un retroceso del PO en este plano. En la década del 80, el PO intervino directamente en la creación de organizaciones trotskistas en diversos países de América Latina, algunas frustradas (como el POR peruano, Política Proletaria de Venezuela o la Organización Socialista Revolucionaria de Chile) pero también otras que se desenvolvieron hasta el presente: el Partido de los Trabajadores del Uruguay y Causa Operaría de Brasil. Actualmente, se desarrolla un debate con la Oposición Trotskista de Bolivia y con organizaciones de Italia (la AMR-Proposta, que milita en el Partido de la Éefundación Comunista), de los Estados Unidos (Liga Trotskista) y de Inglaterra (nucleadas en la ITO, Oposición Trotskista Internacional), y de Grecia (Partido Obrero Revolucionario). El PO lanzó la propuesta de una campaña internacional por la refundación de la IVa Internacional, que fue aceptada por las otras organizaciones en una reunión realizada en Genova (Italia) a principios de 1997. Se inició un debate al íespecto con Lutte Ouvriére (Francia), The Militant – Partido Socialista (Inglaterra) y con la LIT (Liga Internacional de Trabajadores).

Desde 1984, la recuperación de la legalidad en Argentina permitió que el Partido Obrero profundizase su intervención en el movimiento obrero, a la que sumó la (mal) llamada ‘lucha institucional’ (la intervención electoral y la utilización del parlamento como tribuna de denuncia del régimen político y social). Estas condiciones favorecieron la transformación de Altamira en un dirigente político nacional, el reclutamiento de numerosos cuadros obreros, la perspectiva de la formación de una organización de masas de la juventud, la UJS…

Esa lucha *nacional1 tuvo proyección internacional, con la intervención del PO, en el Foro de San Pablo, convocado por el PT de Brasil y el PC cubano, desde su fundación, como única tendencia política diferenciada de la política democratizante hegemónica en la izquierda latinoamericana. La diferenciación explícita (en las reuniones de San Pablo, Managua, México y La Habana) llevó finalmente al PO a la ruptura (políticamente explicitada en textos que ofrecemos a continuación) en la reunión de Montevideo, en 1995, abriendo el precedente de una posición clasista y revolucionaria para la izquierda continental.

Es toda esta historia (resumida apenas en sus trazos principales) y esta lucha política, de las más ricas en toda la trayectoria revolucionaria de América Latina, la que está presente en los textos de Jorge Altamira, que deben ser leídos no sólo por su valor teórico-programático intrínseco, sino también por la autoridad política conquistada por su corriente a lo largo de casi cuatro décadas decisivas en la lucha de clases latinoamericana y mundial.

San Pablo, noviembre de 1997

Critica de Libro: El final de la Modernidad Judía de Enzo Traverso

Traverso, Enzo, El final de la modernidad judía: historia de un giro conservador, FCE, Buenos Aires, 2014. 238 pag.

El historiador italiano –autor, entre otras obras, de La Historia desgarrada. Ensayo sobre Auschwitz y los intelectuales (2001), Los marxistas y la cuestión judía (2003) y  A sangre y fuego. De la guerra civil europea, 1914-1945 (2009) – ha dado a la luz en los últimos años diversos trabajos editados en español, de la mano de editoriales con gran tirada en América Latina y el mundo hispanoparlante.

En El Final de la Modernidad Judía Traverso analiza la modernidad judía, a la que periodiza entre 1750 y 1950. El autor se propone indagarla, no desde la perspectiva de la historia judía, sino en tanto prisma  a través del cual puede leerse la historia del mundo. El libro es presentado, entonces, como otra manera de historiar el siglo XX y la llegada, a su fin, al giro conservador de la intelectualidad (tópico ya abordado por el autor en otras obras, como ¿Qué fue de los intelectuales? (2013)). Los judíos, para Traverzo, han cambiado en su contacto con el mundo y se han convertido en un espejo de las tendencias generales, mientras que durante su modernidad actuaron como una contratendencia. Desde la perspectiva del historiador, luego de haber sido el foco principal del pensamiento crítico del mundo occidental, esta modernidad ha agotado su trayectoria.

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El periodo del que se ocupa Traverso es abierto por la Asamblea Nacional francesa en septiembre de 1791, hecho que da inicio a un proceso que a lo largo de todo el siglo XIX transformaría a los judíos en ciudadanos en toda Europa (con la excepción de la Rusia Zarista, donde este momento llegaría recién con la revolución bolchevique de 1917). El Holocausto, según Traverso, viene a romper con esta tendencia que parecía irreversible y abre paso al nacimiento del Estado de Israel. Este nacimiento y fin de la modernidad judía hace emerger una “cuestión palestina”.  Europa, como gran escenario de esta historia, pasó de haber sido la cuna de esta modernidad a convertirse en su tumba, a la vez de heredera de su legado.

La emancipación jugó un rol secularizador del mundo judío y rompió los muros que protegían su particularismo. Los estados modernos nacientes debían “negarles todo a los judíos como Nación” y, en cambio, “darles todo a los judíos como individuos”, con lo que se inició un proceso de confesionalización que relegó la judeidad a la esfera privada. Señala el autor que los imperios multinacionales del siglo XIX, en los que el Antiguo Régimen se prolongaba en medio de sociedades en vías de modernización, constituían un terreno propicio para la integración social y política de las minorías. Fue así como los judíos constituían minorías importantes en las urbes en crecimiento en Europa. En Francia, Alemania y el Imperio Austrohúngaro irán  ocupando lugares política y económicamente muy relevantes, inclusive se encontrarán bien situados en el núcleo de la burguesía industrial, financiera y comercial. El autor paralelamente procede a realizar un vistazo crítico de la historiografía judía en todo el desarrollo del periodo abordado, respecto del que detecta diversas tendencias que han mutado en el transcurso de las décadas.

Traverso propone tres modelos de modernidad judía en Europa: el modelo oriental del judaísmo paria, caracterizado por la exclusión social y política; el modelo alemán,  caracterizado por la integración socioeconómica, la asimilación cultural y la exclusión política, pese a la legislación que consagraba la emancipación judía y el último modelo occidental. Este último se basa en un doble reconocimiento  (social y político), pero lastrado por la presencia de un antisemitismo activo, sobre todo en Francia. Sus antecedentes, nos dice el autor, pueden rastrearse en los “judíos de Estado”, una elite inexistente en Alemania y Austria, pero muy floreciente en el Reino Unido, Francia e Italia.

Los primeros tres capítulos rondan en torno del auge y ocaso de la modernidad judía, periodo que ha tenido como correlato, según el autor, al antisemitismo que tempranamente ofrecía un medio para rechazar la modernidad. Traverso destaca que esta modernidad ha sido tan prolífera ya que por la exclusión y la marginalidad de los judíos se los forzaba a pensar contra el poder, lo que estimulaba la creatividad y daba lugar a un espíritu crítico de una potencia y un alcance excepcionales. En esta perspectiva, el autor recorrerá desde Marx hasta Hannah Arendt, de Rosa Luxemburgo hasta Said, pasando por Isaac Deutscher, Freud, Heine y Parvus. Un elemento llamativo –no en esta obra sino en parte de la obra del autor– es que, para su construcción histórica, tiene en cuenta a León Trotski. Lo hace, en esta oportunidad, como “arquetipo del judío revolucionario”, lo utiliza para ejemplificar la potencia creadora de los “judíos no-judíos”. Sin embargo, cabe destacar que el autor nos propone un Trotski al que califica hoy como un “profeta mudo” (el autor desarrolla esta perspectiva en su artículo “El “profeta mudo”: Trotsky hoy”).

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Uno de los tantos elementos que preceden al giro conservador son las rupturas de los judíos con la izquierda. La primera ruptura se produjo, señala Traverso, en Estados Unidos cuando un sector de intelectuales que se había radicalizado en la década del ’30, con el desarrollo de la crisis capitalista, perdió la esperanza y convirtió su antiestalinismo en anticomunismo (dentro de este grupo se encuentran algunos personajes que fueron influidos por Trotski). En Europa, destaca el autor que esta ruptura fue más tardía, se produjo en 1967, a partir de la guerra de los Seis Días. Este acontecimiento habría destruido “la idea según la cual “el judaísmo, el antifascismo, la Resistencia y el socialismo eran realidades próximas”” (p.102).

El fin de la modernidad judía significa el fin del judaísmo paria  y, sobre todo, el final de una etapa en la historia del pensamiento crítico del mundo occidental. Bajo estos supuestos, sostiene Traverso que “el mundo judío se ha polarizado en torno a dos referencias esenciales: la memoria de la Shoah y la defensa de Israel; la nueva ‘religión civil’ de los derechos del hombre y el puesto avanzado de occidente en el mundo árabe. Los antiguos aguafiestas y perturbadores del orden se han convertido en uno de sus pilares” (p.106). El autor inscribe este proceso dentro de los cataclismos del siglo XX.

El cuarto capítulo es dedicado a analizar los planteos de Hannah Arendt. Se trata de planteos que, según el autor, fueron poco comprendidos por sus contemporáneos. En los capítulos siguientes (del quinto al séptimo), el autor marca dos elementos que constituyen el tronco sobre el cual se construye la memoria judía y del Holocausto desde la perspectiva de Israel y delinea el mapa político actual en que se encuentran los judíos. Por un lado, el paso, en el mundo occidental, de la judeofobia a la islamofobia. En este sentido, el autor destaca que Israel juega un rol fundamental en la cruzada contra el Islam desarrollada por occidente. Este nuevo racismo se acomoda a la democracia representativa, y le da nuevas formas (como las políticas de estado en pos de la expulsión de población). Frente a esto, Traverso  plantea que “luchar contra las nuevas formas del racismo y la xenofobia en nombre del antifascismo comporta el riesgo de convertirse en un combate de retaguardia, pues no se trata hoy de defender una democracia amenazada. (…) Es, por lo tanto, la democracia misma la que habría que repensar, así como las ideas de igualdad de derechos y de ciudadanía” (p.171).

El segundo elemento que nos propone el autor está constituido por un retorno al ethos en el sionismo. La fundación de Israel opera como el momento clave de la reconfiguración de la “cuestión judía”. La creación de un Estado judío trajo consigo la aparición de un nuevo pueblo paria (los palestinos) y también implicó que los judíos orientales (culturalmente atrasados, desde la perspectiva de occidente) asimilaran la cultura occidental. De esta manera, el sionismo, apropiándose de la ideología y el lenguaje de los nacionalismos del siglo XX, ha secularizado su historia que tiene como postulado la identidad entre un pueblo y una religión. Esto, según Traverso, dio origen a una forma de nacionalismo sui generis, a una nación en construcción permanente. Para legitimarse,  Israel apela al uso de la historia e institucionaliza la memoria (que va perdiendo su potencial crítico y convirtiéndose en monumento).  A partir de tal dinámica, el autor analiza las relaciones entre Holocausto y memoria, en la configuración de  una “religión civil”.

Entre las conclusiones que cierran el estudio, Traverso asegura que este libro ha mostrado cómo el odio a los judíos es sustituido por la islamofobia, corrimiento que llevó a que los judíos ocupen en la actualidad una posición completamente única en la memoria del mundo occidental. La metamorfosis, expuesta en este libro, es la transición del intelectual paria al intelectual ligado al poder. Estos elementos le permiten delinear a Traverso con mayor certeza a los “creadores de la edad de oro de la modernidad judía: escritores fuera de la academia, artistas bohemios, productores de ideas al margen de las instituciones científicas, intelectuales críticos que trascendían las divisiones nacionales, revolucionarios cosmopolitas, heréticos excomulgados por su propio partido (o su religión)” (p. 226-227). En esta dirección, el autor presenta el nacimiento del poscolonialismo como coincidente con el agotamiento del ciclo judío de pensamiento crítico en Europa.

Este estudio, que se inscribe en la historia de las ideas, realiza un análisis exhaustivo en términos bibliográficos de la temática abordada. En términos programáticos, el libro toma una hipótesis acertada y animosa, la conexión intrínseca entre las nuevas formas de discriminación  y racismo con las democracias europeas. Sin embargo, las precisiones se detienen allí: el autor da a entender la inutilidad de defender una democracia que opera en esos términos, pero no propone cómo superarla, siquiera en qué líneas avanzar para ello. En un contexto, caracterizado por el mismo Traverso, por la hegemonía de las ideas neoconservadoras, lo mínimo que habría que hacer es enfrentarlas y, en todo caso, discutir de qué forma lo logramos.

En ¿Qué fue de los intelectuales? (2014), el autor sostiene que ya no hay perspectiva revolucionaria, sino que estamos en un contexto que da lugar a movimientos contestatarios que oscilan entre el rechazo del pasado y la ausencia de futuro, y en el que el horizonte de expectativas parece haber desaparecido. Al tener presente tal planteo, podemos concluir que no debemos exigirle tanto al autonomismo.

Enero del 2015


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El Socialismo ante la Guerra (La Segunda Internacional y la Primer Guerra Mundial)

 Tomas Montero (UNLu)

Introducción

El socialismo agrupado en la Segunda Internacional se había jurado hacer todo lo que esté a su alcance para evitar una guerra que consideraba entre potencias capitalistas, cuyo único fin sería enfrentar a los obreros del mundo entre sí. El nacionalismo, y el consecuente seguidismo por parte de los obreros a los proyectos militares burgueses, alejarían a las masas obreras de la conciencia de clase proletaria y del internacionalismo revolucionario, por lo que los prolegómenos de la Primer Guerra Mundial se presentaron como una dura prueba para la Segunda Internacional, que no sólo debía concretar en la práctica de la lucha de clases los avances electorales que venía teniendo, sino que también ponía en juego su propia existencia como organización rectora de un movimiento obrero de masas con pretensiones de cambiar el mundo a través de la praxis socialista. Sin embargo, pronto se evidenció que esta no daría la talla ante tamaña empresa. Tanto sus bases como muchos cuadros dirigentes se vieron desbordados por el nacionalismo, de modo que los acontecimientos de julio y agosto de 1914 provocaron el derrumbe de la Segunda Internacional. Siguiendo a Ferro[1], vemos como los representantes de la clase obrera en Alemania y Francia adoptaron el problema de la guerra una conducta semejante: participación socialista en el gobierno de Francia, integración del aparato sindical dentro del Estado en Alemania. Ni en Inglaterra ni en Rusia la solidaridad nacional alcanzó semejante unanimidad.

El objetivo de este trabajo es desarrollar el desenlace final de la Segunda Internacional, procurando un acercamiento a sus causas a través de un análisis de sus últimos congresos (Stuttgart en 1907, Copenhague en 1910, Basilea en 1912, y los distintos encuentros a lo largo de 1914 en Viena, Bruselas y París), para pensar la división del socialismo en reformista y revolucionario, dos corrientes que tuvieron distinta incidencia en el curso de la guerra y la política internacional posterior a ella. Procuraréa abordarlo a partir de los debates intestinos de la Segunda Internacional y los distintos proyectos de recuperar una política internacionalista y de izquierda una vez comenzada la guerra.

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Desarrollo

1907 – Stuttgart

La resolución del VII Congreso de la Segunda Internacional pregona: “Se promueven las guerras utilizando los prejuicios nacionales que se cultivan de manera sistemática entre los pueblos civilizados según el interés de las clases dominantes, con el fin de distraer a las masas proletarias de sus propias tareas de clase, así como de sus deberes de solidaridad internacional”[2]. A partir de esta caracterización, se confirman las resoluciones aprobadas previamente contra el materialismo y el imperialismo, reafirmando que la lucha contra éste sólo puede ser de carácter socialista.

Por lo tanto, “el Congreso considera que es el deber de la clase obrera, y en especial de sus representantes en los parlamentos, combatir los armamentos navales y militares con todas sus fuerzas, caracterizando la naturaleza de clase de la sociedad burguesa y el motivo del mantenimiento de los antagonismos nacionales, y coartar los medios que posibilitan estos armamentos (…) El Congreso ve en la organización democrática de la milicia, en la sustitución del ejército permanente por la milicia, una garantía esencial que imposibilitará las guerras ofensivas y facilitará la superación de los antagonismos nacionales”[3]. Pero sin embargo no es capaz de determinar rígidamente las acciones que la clase obrera debe seguir, sino que estas son diferentes en los distintos países, y el rol de la Internacional se limita a coordinar y aumentar al máximo sus esfuerzos.

1910 – Copenhague

Si bien el orden del día había sido dispuesto para discutir sobre la relación de los partidos socialistas con las cooperativas, y para estudiar todo lo referido a la legislación obrera y social, como las disposiciones acerca de los desempleados y lo que debía hacerse con respecto a los sindicatos obreros, finalmente se debatió también sobre lo hecho y lo que aún se debía hacer para cumplir lo acordado en Stuttgart sobre el militarismo y la guerra. Así este Congreso es notable en tanto y en cuanto volvió a ocuparse de la cuestión de la huelga general en contra de la guerra, aunque los alemanes esperaban haberla despechado definitivamente en Stuttgart.

Para empezar haremos un pequeño balance de la discusión en torno a la relación de los partidos socialistas con el movimiento cooperativista, y de las discusiones realizadas en la comisión de legislación obrera y social; si bien estas, aparentemente, nos desviarían del epicentro de nuestro tema, creo que son ilustrativas de cómo en este Congreso la Segunda Internacional ya insinuaba su derechización y tendencia al nacionalismo.

La discusión sobre el cooperativismo tuvo dos posturas. Los franceses y belgas defendieron su política de organizar sociedades cooperativas que ayudasen a los sindicatos obreros en sus luchas; esto conduciría a la existencia de cooperativas rivales de carácter cristiano, liberal o neutral. Por otro lado, la postura mayoritaria en el Congreso era que en cada país debía haber un solo movimiento cooperativo abierto a todos como expresión de la unidad de la clase obrera, que esté inspirado en la lucha de clases, y que al mismo tiempo sea autónomo y actúe en armonía con los partidos y sindicatos obreros de otros países; esto evitaría el crecimiento de un movimiento cooperativo rival haciéndolo un aliado de la clase obrera, pero no había posibilidades concretas de una unidad de cooperativas que no se base en la neutralidad política. Vale aclarar que se trató exclusivamente sobre las cooperativas de consumo, dejando de lado las cooperativas agrícolas y las de producción, lo que limita las posibilidades de desarrollo autónomo obrero.

Por su parte, en la comisión de legislación obrera y social se acordó pedir a las autoridades un sistema general de seguro por desempleo, administrado por las organizaciones obreras y pagado por los propietarios de los medios de producción. Luego se formularon una serie de peticiones, que ya venían siendo parte del programa de la Internacional desde su comienzo, afirmando que no podrían realizarse plenamente mientras exista el capitalismo. Esto era puro reformismo, no limitado por el temor a aumentar el poder del Estado capitalista; los representantes de la Internacional (sobre todo los alemanes) pensaban más en sus peticiones de reformas inmediatas al capitalismo, que como revolucionarios hostiles al Estado capitalista.

Otra de las discusiones que queremos remarcar en este Congreso fue la referida al principal acontecimiento del mundo obrero entre el congreso anterior y este, la huelga general sueca de 1909 que resultó en una derrota de los sindicatos obreros frente al poder de las grandes empresas capitalistas unidas, y que generó un gran descontento por la falta de ayuda que aquellos recibieron de parte de otros sindicatos obreros. Por ello, gran parte de la discusión se orientó a cómo los movimientos sindicales de cada país podían no sólo ser fortalecidos internamente, sino también ayudarse mutuamente con más eficacia ante la creciente tendencia de los capitalistas a crear poderosas organizaciones centrales, nacionales e internacionales.

A partir de esta discusión podemos ver cómo las divisiones nacionales resquebrajaban el internacionalismo pregonado. La secretaría internacional de los sindicatos obreros no hacía nada por la unión internacional de sus fuerzas, y no era fácil ver que podría hacer para mejorar su situación ya que estaba poco dispuesta a actuar debido a la profunda división entre los alemanes y franceses acerca de las funciones de los sindicatos obreros y los métodos que debían seguir. Otro ejemplo en esta línea son las grandes dificultades presentes en el ambiente sindical del Imperio Austro-Húngaro, donde un sector de sindicalistas checos insistían en organizar su propio movimiento sindical nacional, separándose de la organización multinacional que había existido hasta entonces (en paralelo, el partido socialista ya había empezado a dividirse en una serie de partidos nacionales); el Congreso de Copenhague se manifestó casi unánimemente en contra de esto, condenando todo intento de dividir los sindicatos obreros dentro de un Estado en movimientos nacionales, ya que consideraba que esto debilitaría la posición económica de los trabajadores en sus luchas diarias. Había un fuerte sentimiento contra todo lo que tendiese a reforzar el nacionalismo dentro del movimiento obrero. Pero, sin embargo, los debates acerca de los sindicatos obreros no tuvieron resultados eficaces. Los delegados hicieron valer su creencia de que en cada país debía haber una sola organización obrera y un solo partido que luchase por la unidad de la clase trabajadora; advirtieron a la Oficina Socialista Internacional que debía prestar toda la ayuda posible para fomentar la unidad sindical nacional e internacional, pero no se obtuvo mucho de los esfuerzos de aquella. Ocurría que los jefes alemanes ortodoxos (Kautsky y sus seguidores) tendían a exagerar el grado de unidad de los patrones, y estaban firmemente convencidos de que los trusts y las grandes empresas capitalistas estaban preparando rápidamente el camino para el socialismo al trascender las fronteras nacionales; por eso podían hablar del desarrollo del capitalismo internacional como una amenaza creciente para los derechos de los trabajadores, y luego de la creciente rivalidad entre grupos capitalistas nacionales como la principal amenaza para la paz mundial.

Finalmente, el debate más importante fue el referente al problema de la Guerra. Se trató de examinar principalmente los pasos efectivos que habrían de darse para poner en marcha el acuerdo de Stuttgart y la actitud q debía tomarse sobre el arbitraje y el desarme. Tuvo enorme apoyo la petición de que todos los conflictos entre Estados se sometan al arbitraje de un organismo internacional permanente, y hubo acuerdo general en que la Internacional debía presionar tanto mediante sus representantes parlamentarios como a través de una agitación de masas para que las grandes potencias reduzcan sus armamentos. Se fijó la atención en la necesidad de que Alemania e Inglaterra llegaran a un acuerdo para reducir los armamentos navales: los alemanes dieron cuenta de su lucha en el Reichstag, y de cómo el gobierno rechazó su propuesta de celebrar una conferencia para reducir los gastos navales; los ingleses presentaron la negativa de su gobierno a renunciar al derecho a apoderarse de barcos mercantes en tiempos de guerra.

Ahora bien, se produjo un gran desacuerdo respecto a la enmienda presentada por Vaillant y Keir Hardie, con apoyo del partido laborista inglés, del partido laborista independiente y del partido socialista francés, que consideraba a la huelga general, especialmente en las industrias que producen los instrumentos de guerra, el medio más eficaz para evitar la guerra y oponerse a ella. Hardie explicitó que no proponía una acción unilateral de los trabajadores de un solo país, sino una huelga simultánea de los obreros de los países beligerantes, y que no se refería a una huelga general de todos los trabajadores, sino a suspender los aprovisionamientos d guerra. Sin embargo no dijo si esta clase de huelga sería el comienzo d una insurrección ni habló como si pensara eso.

Esta propuesta no agradó a los contrarios a la huelga más que los proyectos más extremos de los franceses o de Rosa Luxemburgo. Los alemanes, apoyados por varias otras delegaciones, creían que nada que no fuera aceptado por casi todos podía incluirse en un acuerdo del Congreso, ya que este no tenía autoridad para dar órdenes a los partidos nacionales sin su consentimiento. Sin embargo, un rechazo total a la enmienda produciría un gran descontento, por lo que el belga Vandervelde propuso que se aplace para estudiarla en otro Congreso. Si bien los alemanes se mostraron reticentes hasta a eso último, sosteniendo que la sola mención de la huelga anti-belicista podría significar que el Káiser los acuse de traición y los proscriba confiscando sus bienes, finalmente aceptaron para no empujar a los ingleses y franceses a seguir discutiendo esta propuesta independientemente de la Internacional.

Así, sin referir a la huelga, la propuesta aprobada en Copenhague consideraba que eran los socialistas de los diversos parlamentos los principales obligados a oponerse a la guerra. Para cumplir este objetivo les pedía que voten en contra de gastos militares y navales, que exijan la aceptación de arbitrajes obligatorios a todos los pleitos internacionales, que trabajen a favor del desarme general y de la abolición del derecho a apoderarse de barcos mercantes, por la abolición de la diplomacia secreta y la publicación de todos los tratados internacionales, presentes y futuros, y por la autonomía de todos los pueblos y su defensa contra todo ataque guerrero y opresión. Excepto esto último, este programa es igual al de los movimientos pacifistas no socialistas. Finalmente reafirmaba los dos párrafos principales del acuerdo de Stuttgart, precisando los deberes de la clase obrera ante la amenaza o concreción de la guerra; se instruía a la Oficina Socialista Internacional para que fomentase la acción común entre los partidos de los países amenazados por la guerra y, si alguno d ellos se retractase o vacilase, se debía convocar a la Oficina y a la Comisión Interparlamentaria a una reunión d emergencia.

En conclusión, y siguiendo a Cole[4], el Congreso de Copenhague significó claramente un movimiento a la derecha. Aunque confirmó las cláusulas esenciales del acuerdo de Stuttgart acerca de la guerra, no hizo nada para aclararlas ni para indicar que existía alguna intención efectiva de actuar contra ello más allá de las protestas parlamentarias. Se acercó a identificarse con el movimiento pacifista burgués, y sus debates acerca de la legislación obrera y social, en particular la relativa al desempleo, tuvieron un carácter mucho más reformista que los de los congresos anteriores. Hizo poco en el sentido de definir una política clara respecto a las cooperativas, y su nueva discusión acerca de los sindicatos obreros y la política socialista no hizo más que reafirmar su creencia de un partido único y una única organización sindical en cada país. Da la impresión de ser una organización consciente de enfrentarse a una crisis global, y que se haya incierta de su poder para enfrentar la situación con éxito. A pesar de las palabras enérgicas, ya se veía claro en 1910 que, si estallara una guerra europea, no podía esperarse una oposición eficaz por parte de los socialistas alemanes, aunque lo más probable era que harían cuanto pudiesen por seguir la política de la Internacional hasta que estallase la guerra. La actitud de los franceses e ingleses era todavía más difícil de prever, pero la fuerza de los sindicatos franceses en el campo obrero ya había rebasado su punto máximo, mientras que era muy discutible si en Gran Bretaña Keir Hardie gozaba del suficiente apoyo popular como para hacer eficaz su política anti-guerrera. En definitiva, no era difícil prever, ya en 1910, que la Internacional se vendría abajo ante la guerra; sin embargo, todavía había alguna esperanza de que su influjo contribuyese en algo a conjurar el peligro.

Podemos ver las consecuencias de esta ruptura en el texto de Rosa Luxemburgo “Utopías pacifistas”, publicado en los números 103 y 104 del Leipziger Volkszeitung en mayo de 1911 para aportar a los debates preparatorios a la agitación electoral de la SPD. Es una crítica al accionar de la fracción parlamentaria de la socialdemocracia, de la que si bien rescata que haya llamado al gobierno alemán a entablar acuerdos de limitación de armamentos, debe remarcar que con esto sólo no alcanza, sino que es su deber diferenciarse de los pacifistas burgueses explicitando que el militarismo solo puede erradicarse junto con el Estado de clase capitalista. Por eso, se previene ante la tendencia reformista argumentando:

“Sin embargo, esta tarea  (diferenciarse de los pacifistas burgueses) se tornará difícil, y la posición de la socialdemocracia se volverá poco clara y deslucida, si por medio de una extraña confusión de roles, nuestro partido busca convencer al Estado burgués de que bien puede restringir el armamentismo y lograr la paz, incluso en función de su propio interés, el del Estado capitalista de clase (…) Y sin embargo, al mismo tiempo, la intervención del camarada Ledebour terminó en una cerrada defensa de un desarme parcial, y una extraña posición de compromiso que se ubica en el medio, entre los puntos de vista de los apóstoles burgueses de la paz y de los socialdemócratas, que niega la superación del militarismo y del orden social actual y considera la posibilidad de que se aproxime una era de paz en medio del capitalismo, al mismo tiempo que se aferra a la inevitabilidad de la revolución social”.[5]

La socialdemocracia, según Luxemburgo, no puede caer en estas contradicciones, sino que debe “desmontar todas las ilusiones sobre las intensiones de pacificación por parte del bando burgués, y explicar que la revolución proletaria es el primer y único acto de la paz mundial”[6]. De hecho, en el mismo artículo discute también con otra propuesta reformista de Ledebour y Kautsky: la creación de los “Estados Unidos de Europa” como base para la limitación del armamentismo internacional. Sostiene que esto ya fue propuesto por los burgueses, y si se concreta dentro del capitalismo sólo significará una guerra de tarifas contra los Estados Unidos de América y la intensificación de las guerras coloniales racistas; así, si esto se concretase sería un reforzamiento de la solidaridad continental, pero no como un paso previo a la realización de la verdadera solidaridad internacional (entre todos los continentes y razas) sino como un equívoco tras el que se esconde el nacionalismo.

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1912 – Basilea

Fue una manifestación más que un congreso; 555 delegados acudieron, no para discutir, sino para presentar un frente socialista unido contra la Guerra de los Balcanes, en la que Bulgaria, Serbia, Grecia y Montenegro derrotaron a Turquía y se repartieron sus posesiones europeas. Si bien la guerra transcurrió sin que intervengan las principales potencias, el temor de que esta guerra se extendiese si sus intereses se veían amenazados dominaba a los delegados reunidos en Basilea, e hizo que se preocupasen por elaborar un arreglo que permita a los pueblos de los Estados balcánicos vivir en el futuro en relaciones amistosas. Los jefes socialistas se daban cuenta que la mayor esperanza de evitar que la lucha en los Balcanes diese lugar a la intervención de las grandes potencias era persuadir a los pueblos balcánicos de que convivan en una federación común y olviden sus mutuas enemistades, uniéndose para oponerse a cualquier potencia exterior. Sin embargo, en todos los Estados balcánicos los socialistas eran demasiado débiles para influir en los acontecimientos; sólo podían protestar, y hasta esto era peligroso x la ebullición del nacionalismo popular. De todos modos, me parece propicio remarcar que esta propuesta está movida por el mismo espíritu reformista que la de los Estados Unidos de Europa, aunque en este caso cimentada en una solidaridad “regional”; por lo tanto, siguiendo el razonamiento ya expresado por Luxemburgo para aquél caso, creo que también podemos criticar que no apela a la verdadera solidaridad internacional, y por lo tanto es un error estratégico que fortalece los nacionalismos y pavimenta el camino a la guerra.

El acuerdo sobre la guerra de Stuttgart y Copenhague fue aprobado de nuevo, con gran entusiasmo, y a los delegados se les dijo que cada partido socialista había actuado conforme a él, aconsejándoles que continúen su buena labor empleando todos los medios apropiados, llegando a afirmarse que el temor que la clase gobernante tenía a la revolución proletaria había sido una garantía esencial para la paz. Dada la debilidad del movimiento obrero en los países balcánicos, no había posibilidades de detener la guerra mediante la huelga general o una insurrección obrera; lo más que la Internacional podía hacer era pedir a los socialistas de Francia, Alemania y Gran Bretaña que tengan una actitud enérgica para evitar que sus gobiernos ayuden a Austria o Rusia en una hipotética intervención balcánica. Lo que los socialistas querían evitar era una guerra europea general, sobre todo una en que Alemania e Inglaterra estén enfrentadas.

En vez de instaurar la federación balcánica propuesta por la Internacional, los triunfadores del ’12 se pelearían entre ellos en 1913, ocasión en la que tampoco intervendrían las potencias. Sin embargo, aunque la guerra europea fue evitada en el ’12 y en el ’13, ya era dudoso que la actitud de los socialistas a favor de la paz pudiera hacer algo para efectivamente conseguirla. Los partidos socialistas, tanto dentro como fuera de los Parlamentos, hicieron todo lo que pudieron en cuanto a protestas y manifestaciones, pero carecieron de la fuerza para evitar el desastre por otros medios, o de la voluntad para intentarlo subvirtiendo el orden social.[7]

 

1914- Viena y París. El derrumbamiento de la Segunda Internacional

En agosto d 1914 debió haberse reunido un Congreso de la Internacional Socialista en Viena, pero la guerra se desató antes, en muchos frentes, y el movimiento socialista Internacional no pudo ponerse de acuerdo para ponerle fin, quedando roto en fragmentos enemistados.

Ya desde antes que la guerra estalle se decidió trasladar el Congreso a París, y luego se renunció a él definitivamente. Sin embargo, sí se realizó allí un Congreso Especial del Partido Socialista Francés, el 15 y 16 de junio, al que asistieron varios jefes de otros países (entre los que se encontraban Plejanov, Liebknecht, y representantes belgas y holandeses). Ante el peligro inminente, Vaillant, Jaurès y Sembat demandaron que se declarase la huelga general internacional para evitar la guerra; Guesde y sus partidarios se opusieron enérgicamente porque creían que el resultado sería llevar al desastre al país más socialista y producir el aplastamiento del socialismo y la civilización. Hervé sorprendió a todos apoyando a Guesde, basándose en q no había forma de asegurar que la huelga se produjese a la vez en los distintos países. A pesar de estas censuras, el Congreso aprobó por una pequeña mayoría “la huelga general, organizada simultánea e internacionalmente en los países interesados”.

El  29 de julio, cuando Austria ya le había declarado la guerra a Serbia, se celebró en Bruselas una reunión de emergencia de la Oficina Socialista Internacional, a la que asistieron Jaurès, Guesde, Vaillant, Sembat y Longuet por Francia, Victor y Friederich Adler por Austria, Burian y Nêmec por Hungría y Bohemia, Rubanovich por Rusia, Vandervelde por Bélgica, Morgari por Italia, Keir Hardie, Glasier e Irving por Gran Bretaña, Hugo Haase (jefe socialdemócrata en el Reichstag) por Alemania, y Rosa Luxemburgo por Polonia. En esta reunión Victor Adler, con el asentimiento de Nêmec, declaró que la guerra era muy popular en Austria y sería muy difícil que los socialistas pudieran hacer algo contra ella, aunque ya habían protestado por los términos extremados en el ultimátum a Serbia; así, ya se veía que los jefes socialistas austríacos no harían nada para oponerse a la guerra contra los serbios, y querían que sus compañeros socialistas actúen para limitar el conflicto y eviten la intervención de Rusia, lo que fue muy mal recibido. Haase, quien pronto perdería su posición de líder en Alemania, dio a entender que su partido se opondría a la intervención alemana aún si los rusos declaraban la guerra a Austria, y que se negarían a votar los créditos de guerra. La propuesta aprobada por la Oficina Internacional pedía a todas las organizaciones de los países afectados que intensificasen sus demostraciones contra la guerra y que insistiesen en que el pleito austro-serbio se solucionase mediante un arbitraje. Declaraba que, especialmente los trabajadores franceses y alemanes presionarían a sus gobiernos, aquellos para evitar la intervención rusa, y estos para moderar al Imperio austro-Húngaro.

La noche del 31 de julio, tras tratar infructuosamente de reunirse con el primer ministro Viviani, fue asesinado en un restaurante, a manos de un joven reaccionario, Jean Jaurès, quien aún tenía esperanzas de salvar la paz. Su muerte fue un golpe para terrible para los socialistas de todo el mundo, ya que, si bien había defendido el derecho y deber de la defensa nacional, también fue uno de los más destacados defensores de la amistad franco-alemana; además, los socialistas franceses quedaron sin jefe, ya que ni Guesde ni Vaillant tenían la talla para sustituirlo. La diferencia que podría haber hecho no consistía en evitar la guerra, sino en guiar la actuación de los socialistas franceses e influir en otros tras su estallido; es probable q también se hubiera unido a la causa de la defensa nacional contra Alemania, pero hubiera sido más prudente que Guesde y Vaillant para trabajar en pos de una paz negociada tras el fracaso alemán en el intento de triunfar rápidamente, marcando la diferencia en el período post-1916. En el momento, el efecto de su muerte fue paralizar a los franceses hasta después que los alemanes hayan entrado en Bélgica camino a París; sin embargo, la noche del 31 de julio todavía no era evidente que la suerte estaba echada, por lo que aún hubieron algunas discusiones entre los socialistas que pronto combatirían entre sí.

El 1° de agosto Herrman Müller, por la socialdemocracia alemana, y el belga Henri de Man llegaron a París a intercambiar informes.  Aquel dijo que aún no habían tomado ninguna decisión acerca del voto a los créditos de guerra, y aunque seguramente el partido no los votaría había una tendencia a abstenerse; aclaró que para muchos alemanes la guerra venidera era una lucha contra la barbarie rusa, e insistió en que la culpa, si efectivamente estallaba, no sería principalmente alemana sino compartida entre las clases gobernantes de todas las potencias imperialistas. En la tarde del día siguiente fue dado el ultimátum alemán a Bélgica, cuyo resultado fue unir a los socialistas belgas en la defensa nacional y, dos días más tarde, que Gran Bretaña entre a la guerra.

Ese mismo 4 de agosto se votaron en el Reichstag los créditos de guerra, y todos los social-demócratas votaron a favor, en lo que fue visto como el certificado de defunción de la Internacional. Sin embargo, no todos los diputados de la SPD estuvieron de acuerdo, de hecho en la reunión del partido 14 de los 111 diputados socialistas votaron en contra en la votación interna, pero la minoría (a cuyo frente estaba el jefe del partido Haase) se sometió a la disciplina. Incluso Liebknecht lo hizo, pero por última vez, ya que en la segunda sesión de guerra, en la que el Reichstag trató la extensión de aquellos créditos, fue el único diputado en votar en contra, y presentó una fundamentación escrita de su negativa a votar los créditos de guerra, ya que consideraba que esta no era una defensa de una Alemania “libertadora de pueblos” contra el zarismo autocrático, sino que esto sería una guerra imperialista, “una empresa bonapartista para la desmoralización y la destrucción del creciente movimiento obrero”[8]. Sin embargo, esta negativa fue silenciada por la prensa y por el presidente del Reichstag, quien impidió que el texto conste en actas; sólo fue difundida como un volante ilegal de la Liga Espartaco.

Hasta el momento en que fue claro que los rusos le harían la guerra a Austria-Hungría, los alemanes habían hecho todo lo posible, dentro de los límites constitucionales, para evitar la extensión del conflicto; sus periódicos estaban enérgicamente en contra de que Alemania intervenga, y habían realizado manifestaciones gigantescas a favor de la paz. Pero en ningún momento habían dado señales de ir más allá de una propuesta constitucional; siempre habían sido enemigos decididos de oponerse a la amenaza de guerra mediante la huelga y la insurrección. Ocurre que, en la coyuntura de julio de 1914, las manifestaciones de masas estaban llamadas a ser inútiles; el gobierno alemán sabía del fuerte sentimiento anti-ruso que existía en la clase obrera alemana tanto como en sus jefes, por lo que en el peor de los casos la mayor parte de los social-demócratas no harían más que protestar sin rebelarse ni declararse en huelga obstaculizando la guerra. Por su parte, los franceses no podían elegir ante la perspectiva de una invasión casi inmediata, por lo que la mayoría de ellos se unieron a la causa de la defensa nacional.

En Rusia había habido grandes huelgas y manifestaciones contra la guerra en julio, pero en 1914 los socialistas no estaban en condiciones de ofrecer una resistencia eficaz a la política belicista del zar; de hecho, no estaban unidos. Muchos social-revolucionarios, entre ellos Plejanov, se convirtieron al patriotismo ruso. La mayoría de los social-demócratas, tanto los de dentro de Rusia como los exiliados, se mantuvieron hostiles a la guerra, pero sólo una pequeña minoría estuvo de acuerdo con Lenin en verla como el medio para una revolución rusa y mundial, o estaban dispuestos  a adoptar su política de derrotismo.

En Austria la opinión de las masas era demasiado hostil como para que los socialistas pudieran hacer una política de oposición eficaz. Habían protestado contra la intransigencia de su gobierno, pero sólo porque el gobierno había ido demasiado lejos ya que creían que Austria tenía el derecho a exigir garantías y reparaciones a Serbia. Una pequeña minoría, dirigida por Friederich Adler, seguía contraria a la guerra aún después que otros países fueran arrastrados a ella; sin embargo, por el momento no podían hacer nada.

En Gran Bretaña el problema de una acción positiva para evitar la participación fue finalmente dejada de lado tras la invasión de Bélgica. Tras la reunión de la Oficina Internacional Socialista en Bruselas se organizaron manifestaciones contra la guerra, en las q hablaron Hardie y Henderson, pero nunca se pensó en hacer más que manifestaciones; la idea de Hardie de emplear huelgas para evitar el traslado d tropas y la producción d materiales bélicos ni se consideró. Se pusieron esperanzas en que el gobierno inglés disuada a Rusia y Alemania, pero sólo una pequeña minoría, formada por el ILP y parte del partido socialista inglés, deseaba que Inglaterra se mantenga al margen. Hyndman, el jefe del BSP, durante largo tiempo había abogado por armarse contra Alemania, y los sindicatos obreros, quienes manejaban al Partido Laborista, se unieron a la guerra cuando Alemania invadió Bélgica.

Así, en ninguno de los principales estados que entraron en guerra en 1914 influyó inmediatamente el hecho de que existiese una organización socialista internacional que se había obligado a hacer lo más posible para evitar la guerra. Se puede sostener que la culpa de esto la tuvieron los socialistas alemanes y austríacos, ya que sus gobiernos fueron los agresores, y según la política de la Internacional eran ellos quienes tenían la obligación de detenerlos. El gobierno zarista también fue intransigente, pero el socialismo en 1914 era un movimiento clandestino de rebelión que no podía hacer más que lo que hizo; sólo una verdadera revolución podía detener al zar, y ésta estuvo fuera de sus posibilidades hasta que los desastres de la guerra le abrieron el camino. En cuanto a los socialistas franceses e ingleses, como sus gobiernos no eran responsables de la crisis, todo lo que podían hacer era influir todo lo posible para detener a rusos y alemanes, para así localizar el conflicto y obligar a Austria a aceptar una mediación.

Pero es preciso, siguiendo a Cole[9], considerar la situación no como si hubiese sido iniciada por el asesinato de Sarajevo, sino como la última fase de una compleja guerra fría que se había ido prolongando, y que ya era estudiada por los jefes socialistas. Cuando los socialistas alemanes fueron atacados por apoyar la agresiva política del gobierno alemán pudieron contestar que en la situación actual de Europa, las fases “guerra agresiva” y “guerra defensiva” habían perdido significado, por lo que la culpa no la tiene el Estado supuestamente agresor, sino la política imperialista de todas las grandes potencias que habían convertido en mera farsa todo lo que se decía acerca de la moralidad internacional.

Así los jefes del Partido Laborista Independiente inglés, que habían censurado la política externa británica, pidieron a su gobierno que no entre en la guerra y actúe como mediador, pero ante la actitud alemana, y sobre todo la de los socialistas alemanes, no había chances de que los siguieran los obreros ingleses; el Partido Laborista y los sindicatos obreros, por su parte, habían participado sólo marginalmente de la Internacional ya que para entonces ni pretendían ser un partido socialista. Ante esta división y heterogeneidad, los socialistas sabían que no podían realizar una guerra general para detener la guerra, y apenas hubieran podido sacar las masas a la calle; de hecho, el problema era si, siendo pocos, estaban dispuestos a oponerse a la guerra frente a una opinión pública hostil, o si debían unirse a la causa nacional para evitar una victoria alemana. El Partido Laborista Independiente estaba dividido al respecto de este tema, ya que la facción dirigida por Clynes, su principal sindicalista, apoyó la guerra mientras que la mayoría, dirigida por Snowden, se opuso pero poco pudo hacer.

Mientras tanto, el 26 de agosto, dos socialistas (Guesde y Sembat) habían llegado a ser miembros del gobierno francés reorganizado por Viviani. En Bélgica Vandervelde formaba parte del gabinete desde el 4 d agosto. En Gran Bretaña el Partido Laborista entró al gabinete recién en mayo d 1915, cuando Henderson llegó a ser ministro de educación. En los otros países beligerantes la entrada de los socialistas al poder se produjo sólo mediante la revolución.

Después de la reunión de Bruselas en julio, la Segunda Internacional dejó de funcionar como expresión colectiva de una política socialista internacional; no había que pensar que lo que quedaba de ella continuara en territorio belga, sino que su secretario, el belga Huysmans, trasladó su oficina central a Holanda y desde allí trató de mantener relaciones con los afiliados. En enero de 1915 se reunió en Copenhague una reunión de socialistas neutrales y pidió a la Oficina que convoque a una reunión de la Internacional lo antes posible. En febrero se reunió en Londres la primera de una serie de conferencias de socialistas aliados; una conferencia de socialistas de las potencias centrales se celebró en Viena en abril d 1915. Una segunda conferencia de neutrales se celebró en La Haya en julio de 1916, pidiendo que se reuniese la Oficina Internacional Socialista. En marzo de 1915 se reunió en Berna una conferencia internacional de mujeres socialistas que publicó acuerdos pidiendo que la guerra termine; en esta reunión, bajo la influencia de Lenin, los social-demócratas rusos se separaron pidiendo un rompimiento completo con el “social-patrioterismo”, y establecimiento de una nueva Internacional.

Mientras tanto, en septiembre de 1914 hubo una reunión de socialistas italianos y suizos en Lugano, y el suizo Robert Grimm ya había empezado gestiones celebrar una reunión internacional de socialistas opuestos a la guerra. Ante la negativa de los dirigentes de la Segunda Internacional de reunir a los distintos sectores de ésta, los italianos convocaron a una asamblea con el objetivo, no de formar una nueva Internacional, sino de restablecer las relaciones internacionales y promover una acción común a favor d la paz. De esta iniciativa nació la conferencia de Zimmerwald de septiembre d 1915; en ella Lenin propuso establecer inmediatamente una nueva Internacional, pero su propuesta no fue aprobada aquí ni en la siguiente conferencia, en Kienthal en 1916. Estas dos reuniones, aunque estaban formadas por personas contrarias a la guerra, fueron una mezcla de elementos revolucionarios y pacifistas: desde los que, con Lenin, esperaban convertir la guerra entre naciones en una guerra civil revolucionaria entre capitalistas y trabajadores, hasta los que sólo deseaban reunir a las naciones en una paz negociada, y entre ambos extremos había una amplia gama de sindicalistas y socialistas de izquierda con diversos matices. Por eso en su manifiesto final[10] encontramos una clara denuncia a los partidos socialistas que se pusieron al servicio de sus gobiernos, renunciando a las medidas anti-belicistas enunciadas en Stuttgart, Copenhague y Basilea, cuya acción tuvo por resultado “suspender la acción de la lucha obrera, el único medio posible y eficaz para la emancipación de la clase”, y una recuperación de la solidaridad internacional del proletariado y de la lucha de clases, pero que pone el eje de la lucha a dar en la paz sin anexiones que respete el derecho a la autodeterminación de las naciones. Es una concesión por parte de la línea revolucionaria de Lenin, cuya propuesta fue rechazada por 19 votos a 12.

Así, antes que la Revolución Rusa cambie drásticamente el panorama, ya se habían empezado a formar dos movimientos rivales para volver a una acción socialista internacional. Uno, patrocinado por los neutrales que habían seguido en contacto con la Oficina Socialista Internacional, estaba en manos de un comité escandinavo-holandés, que después de la revolución rusa de febrero intentó reunir en Estocolmo, con la ayuda de los rusos, una conferencia d paz en la que se esperaba que tomen parte partidos socialistas de ambos grupos beligerantes. El segundo, defendido por suizos e italianos, entre los partidos y minorías que estaban en contra de la guerra, tras prescindir de sus elementos pacifistas prepararía el camino para que los bolcheviques funden la Tercera Internacional en vísperas de su victoria en Rusia.

Recapitulando, el derrumbe de la segunda internacional, aunque produjo consternación entre muchos socialistas, podía ser previsto y de hecho los gobiernos de la época lo hicieron, ya que entraron a la guerra sin hacer caso de las amenazas socialistas. Había quedado claro en Stuttgart y Copenhague que la Internacional no tenía una política común que pueda ser eficaz para detener la guerra, a menos que los gobiernos puedan atemorizarse tomando a las manifestaciones como una verdadera voluntad de resistir. En todos los países interesados, menos Gran Bretaña, estaba implantado el servicio militar obligatorio, por lo que aún antes de empezar las hostilidades un gran número de socialistas estaban expuestos a ser llamados repentinamente a filas; una resistencia eficaz a la guerra hubiera podido ser ofrecida si los partidos socialistas hubiesen estado dispuestos a aconsejar a sus miembros que se negasen a aceptar el llamado, pero este punto jamás fue examinado, excepto por Hervé y algunos extremistas. Los reservistas obedecieron al llamado, y una vez que lo hicieron si el resto d los trabajadores intentaba oponerse a la guerra hubiesen traicionado a sus compañeros, por lo que sólo podrían hacer algo si los soldados estuviesen dispuestos a rebelarse. Ante la actitud conocida de los partidos principales, la propuesta aprobada en Stuttgart y confirmada en Copenhague y Basilea, incluso prescindiendo de su vaguedad, carecía de sentido.

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Conclusiones

“¿Es posible que un socialista honesto no luche contra usted? Usted ha transformado al Partido Socialista en un coro dócil que sigue a los corifeos de la rapiña capitalista en una época de la sociedad burguesa (de la cual usted, Jules Guesde, alguna vez fue enemigo) ha revelado su verdadera naturaleza hasta la médula (…) Y usted creía y esperaba  que el socialismo francés, que se ha desangrado en esta guerra sin sentido y sin esperanza por los crímenes de las clases dominantes, continuara tolerando en silencio, hasta el final, este pacto vergonzoso entre el socialismo oficial y los peores  enemigos del proletariado. Está equivocado. Ha surgido una oposición. A pesar de la ley marcial y el frenesí nacionalista, la oposición revolucionaria está ganando terreno día a día”[11]

En esta carta abierta, publicada cuando fue expulsado de Francia en octubre de 1916, Trotsky ataca explícitamente, a través de la figura de Guesde, a los socialistas oportunistas, que traicionaron las banderas internacionalistas en pos de la defensa nacional, y les recuerda que la lucha de clases arrasará con ellos. Pero lo hace apoyándose en la certeza de que el internacionalismo socialista ha sobrevivido a los intentos desesperados de acallarlo. El socialismo revolucionario vive en las posturas de Trotsky, de Luxemburgo, de Lenin, y se manifiesta dando pelea en la conferencia de Zimmerwald, permeando el frente con su propaganda, soportando la persecución estatal para desarrollar su agitación anti-belicista y derrotista en la retaguardia.

Esta vitalidad del socialismo revolucionario en la lucha política probablemente ni hubiera tenido gran influencia de no ser por el recrudecimiento de una guerra que se alargaba cada vez más y hacía sentir sus efectos en la población. El cansancio ante una guerra que no parecía tener fin, y que consumía las energías vitales de la nación como ninguna lo había hecho antes, intensificó las antiguas contradicciones: entre políticos y militares, entre soldados y “los de la retaguardia”, entre campesinos y ciudadanos, entre la pequeña burguesía y los gobiernos. Pero sobre todo, este descontento fue el caldo de cultivo que amparó el resurgir revolucionario.

El hito más evidente en esta línea es la Revolución Rusa, en la que triunfó la línea leninista de convertir la guerra imperialista en guerra civil contra los capitalistas, basada en el descontento de los proletarios urbanos, los campesinos y los soldados contra el zarismo primero, y contra los mencheviques luego. Tras su triunfo en Rusia llamó a todos los pueblos beligerantes a una paz sin anexiones ni contribuciones,[12] y a alcanzarla mediante la vía revolucionaria. Sin embargo, fracasó en su intento de reunir a todas las tendencias socialistas en un Congreso en Estocolmo para establecer una fórmula que debería dictarse a los distintos gobiernos. Por lo tanto, la Rusia revolucionaria debió transigir y acordar por separado la paz con Alemania en Brest-Litovsk.

Sin embargo, este no fue el último intento de una vía revolucionaria a la paz, sino que el 3 e noviembre de 1918 estalló un motín de marinos en Kiel, que se expandió virulentamente por toda Alemania. La revolución en Alemania terminó con la represión y el asesinato a los líderes de la Liga Espartaco por parte del gobierno de Max de Baden y de la misma SPD, pero fue el detonante de la rendición alemana en la guerra y de la abdicación del Káiser. Vale aclarar que cuando esto ocurrió, las tropas aún ocupaban Bélgica y gran parte de Francia, lo que alimentó el mito de la “traición” de los civiles a las tropas, base de la plataforma ideológica nacional-socialista que le permite atacar al capitalismo burgués sin dejar de lado las reivindicaciones nacionalistas y militaristas.

Así vemos como los debates dentro del socialismo en este período son la génesis de las posturas políticas que pretenderán ser superadoras del capitalismo como modo de producción y de la socialdemocracia como su forma política: el comunismo y el fascismo.

 

NOTAS:

[1] Ferró, M. La Gran Guerra. 1914-1918. Buenos Aires. Hyspamérica. 1969. P. 285-286

[2] Resolución del VII Congreso de la Segunda Internacional Socialista en Stuttgart (agosto de 1907), en “Marxistas en la Primera Guerra Mundial”, CEIP León Trotsky, ed. IPS, Buenos Aires, 2014. Pp. 19

[3] Ibíd. P. 20

[4] Cole G. D. H. La IIa Internacional: últimos años (1910-1914), en “Historia del pensamiento socialista (1889-1914). México. FCE. 1960. (Tomo III 2da parte).  Pp. 83-94

[5]Luxemburgo, R, “Utopías pacifistas”, en “Marxistas…” Op. cit. P. 27

[6] Ibíd. Pp. 31-32

[7] Cole G. D. H. Op. cit. Pp. 94-96

[8] Liebknecht, K.. Fundamentación del voto contra la aprobación de los créditos de guerra en la sesión parlamentaria del 2 de diciembre de 1914, en “Marxistas…” Op. cit. Pp. 159-160

[9] Cole. Op. cit. 96-107

[10] Manifiesto de Zimmerwald, en “Marxistas…” Op. cit. Pp. 241-245

[11] Trotsky, L. Carta a vierta a Jules Guesde, en “Marxistas…” Op. cit. Pp. 259-267

[12] Ferro. Op. cit. Pp. 330

 

 


Bibliografía

  • Cole, G. D. H. La IIa Internacional: últimos años (1910-1914), en “Historia del pensamiento socialista (1889-1914). México. FCE. 1960. (Tomo III 2da parte).
  • Ferró, M. La Gran Guerra. 1914-1918. Buenos Aires. Hyspamérica. 1969
  • Hobsbawm, E. Historia del siglo XX. Crítica. 1995
  • Mayer, A. La sociedad política y las clasesgobernantes. La visión del mundo: socialdarwinismo. Nietzche, la guerr, en “La persistencia del Antiguo Régimen: Europa hasta la Gran Guerra”. Madrid. Alianza. 1981
  • Mandel, E. Rosa Luxemburg y la socialdemocracia alemana. En http://www.rebelion.org/docs/113353.pdf
  • Mommsen, W. La época del Imperialismo. Europa 1885-1918. Siglo XXI. 1978. (Colección Historia Universal Siglo XXI. Tomo 28)
  • Novack, G. La Segunda Internacional, en “Las tres primeras internacionales, su historia y sus lecciones”, Novack, Frenkel y Feldman.

 

Documentos

  • Resolución del VII Congreso de la Segunda Internacional Socialista en Stuttgart (agosto de 1907), en “Marxistas en la Primera Guerra Mundial”, CEIP León Trotsky, ed. IPS, Buenos Aires, 2014.
  • Resolución del VIII Congreso de la Segunda Internacional Socialista en Copenhague (agosto de 1910), en archivo marxists.org
  • Manifiesto del IX Congreso (extraordinario) de Basilea de la Segunda Internacional (noviembre de 1912), en “Marxistas en la Primera Guerra Mundial”, CEIP León Trotsky, ed. IPS, Buenos Aires, 2014.
  • Manifiesto de Zimmerwald (septiembre de 1915), en “Marxistas en la Primera Guerra Mundial”, CEIP León Trotsky, ed. IPS, Buenos Aires, 2014.
  • Lenin, V. I. La guerra y la socialdemocracia de Rusia. (octubre de 1914). En “Marxistas en la Primera Guerra Mundial”, CEIP León Trotsky, ed. IPS, Buenos Aires, 2014.
  • Lenin, V. I. El socialismo y la guerra. (julio-agosto de 1915). En “Marxistas en la Primera Guerra Mundial”, CEIP León Trotsky, ed. IPS, Buenos Aires, 2014.
  • Lenin, V. I. Tesis de abril. (Abril de 1917). Material de cátedra.
  • Liebknecht, K. Fundamento del voto contra la aprobación de los créditos de guerra en la sesión parlamentaria del 2 de diciembre de 1914. en “Marxistas en la Primera Guerra Mundial”, CEIP León Trotsky, ed. IPS, Buenos Aires, 2014.
  • Liebknecht, K. ¡El enemigo principal está en el propio país!” (Mayo de 1915). En “Marxistas en la Primera Guerra Mundial”, CEIP León Trotsky, ed. IPS, Buenos Aires, 2014.
  • Luxemburg, R. Utopías pacifistas. (Mayo de 1911). En “Marxistas en la Primera Guerra Mundial”, CEIP León Trotsky, ed. IPS, Buenos Aires, 2014.
  • Luxemburg, R. Perspectivas y proyectos. (Comienzos de 1915). En “Marxistas en la Primera Guerra Mundial”, CEIP León Trotsky, ed. IPS, Buenos Aires, 2014.
  • Luxemburg, R. La reconstrucción de la Internacional. (Abril de 1915). En “Marxistas en la Primera Guerra Mundial”, CEIP León Trotsky, ed. IPS, Buenos Aires, 2014.
  • Luxemburg, R. La política y la minoría socialdemócrata. (Comienzos de 1916). En “Marxistas en la Primera Guerra Mundial”, CEIP León Trotsky, ed. IPS, Buenos Aires, 2014.
  • Trotsky, L. La guerra y la Internacional. (Octubre de 1914). En “Marxistas en la Primera Guerra Mundial”, CEIP León Trotsky, ed. IPS, Buenos Aires, 2014.
  • Trotsky, L. Carta abierta a Jules Guesde. (Octubre de 1916). En “Marxistas en la Primera Guerra Mundial”, CEIP León Trotsky, ed. IPS, Buenos Aires, 2014.

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La Izquierda y los Piqueteros

         9/11/2014  

INTRODUCCIÓN

Durante los últimos 30 años en el amplio campo de la denominada “izquierda”, así como también  en los círculos académicos abocados al estudio de las ciencias sociales, mucho se ha escrito y polemizado sobre la política de la identidad. Fue la manifestación de la confusión  y desmoralización imperante en una parte significativa de la izquierda intelectual, social y política de los cambios ocurridos en el mundo a partir de la caída de los regimenes que habían sido sustraídos del metabolismo del modo de producción capitalista entre principios y mediados del siglo 20, y que incorporados nuevamente a este replantearon muchas de las estrategias políticas en el activismo anticapitalista.

Estas teorías de la política de la identidad, tan en boga en los círculos académicos orientados al estudio de las ciencias sociales, se remontan a la década del 60, y constituyen- junto a la visión “del fin de la historia” proclamada triunfalmente a principios de los años 90 por los intelectuales del establisment , y a las de una sociedad no basada ya en el trabajo y la producción- la quinta esencia del posmodernismo, una caricatura filosófica carente de originalidad asentada en una visión pesimista de la realidad  y que retoma temas expuestos con anterioridad por la  reacción a la modernidad en distintos ámbitos culturales, artísticos y políticos de principios y mediados del siglo pasado. Reformulada nos plantea un mundo post histórico desprovisto ya de significado alguno, una realidad fragmentaria , la negación del conocimiento científico, la inexistencia de clases sociales, la imposibilidad de conocer objetivamente la realidad y por lo tanto la inviabilidad de poder transformarla. En definitiva, una nueva era que dejaría atrás  los análisis históricos centrados en las relaciones sociales, las grandes contiendas políticas e ideológicas “del pasado”, la historia misma.

El propósito de este trabajo consiste en confrontar con la política de la identidad y toda la dimensión que abarca (desaparición de la clase obrera, emergencia de nuevos “movimientos sociales” bajo formas políticas basadas en identidades impuestas o adoptadas que dejarían atrás la lucha de clases)  reafirmando la vigencia de una política de emancipación social con la capacidad para unificar  a las víctimas de las diferentes formas de opresión y explotación capitalistas en una lucha colectiva , y la existencia del sujeto portador de los atributos para realizarla y dirigirla, la clase obrera. Para dicha tarea analizaremos al movimiento piquetero, donde los debates acerca de la identidad, nuevos movimientos sociales (los excluidos) vs clase obrera, lucha de clases vs protesta social, el territorio vs la fábrica, fueron y son parte de su análisis, de su historia y de la  acción política emprendida por sus diferentes organizaciones y agrupamientos.

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 Clase Obrera y movimientos sociales

Dentro de las ciencias sociales, impulsadas por las elites que predominan en los campos de investigación, persisten los estudios que aseguran la “desaparición de la clase obrera”. Con la irrupción en nuestro país de los piqueteros, no es sorpresivo entonces que diversos estudios académicos se hayan lanzado a la búsqueda de  nuevas identidades, destacando sus propias formas de acción colectiva, “nuevos movimientos sociales” y “sujetos sociales” que corroborarían entonces las teorías sobre el fin del proletariado. Consecuentemente, esta caracterización  reduce al movimiento piquetero a una expresión de sectores marginales y excluidos divorciados de toda tradición y vínculo con la historia del movimiento obrero, siguiendo una línea  predominante en los últimos años en las ciencias sociales  que busca identidades donde no hay más que  relaciones sociales. El problema en cuestión entonces podría ser el siguiente: ¿Estamos frente a una nueva forma de organización de la lucha social, divorciada de las viejas formas que caracterizaron la organización y la lucha de los explotados? o ¿es nada más ni nada menos que una expresión más, significativa y relevante por cierto, de la lucha de clases, de la recomposición de la clase obrera en la realidad especifica de la Argentina de los últimos años?

La negación del análisis clasista de la sociedad y sus “conflictos” tiene dos vertientes. Una de tipo estructural, que señala el fin de la sociedad basada en el trabajo, entre cuyos exponentes más reconocidos y divulgados se encuentra  Jeremy Rifkin (1), quien afirma que, debido a la revolución tecnológica que atraviesa la humanidad, capas cada vez mayores y crecientes de la población se encuentra por fuera de la producción social, haciendo innecesario el trabajo humano. En sintonía con este postulado podemos situar a Andre Gorz con su famoso “Adiós a la clase obrera”, en donde no duda en enfatizar que estamos en condiciones de despedirnos del proletariado producto de las transformaciones que lo estarían reduciendo y atomizando aceleradamente.

Por otro lado, podemos hallar conceptualizaciones que señalan el débil potencial que tienen los análisis clasistas para entender o “describir” la conflictividad social. Estas “categorías ortodoxas” serían insuficientes para la interpretación de las novedosas formas de movilización social de las últimas décadas, que estarían  protagonizadas por otros actores configurados en identidades no clasistas, con otros intereses, en búsqueda de otras reivindicaciones que satisfacer y con otros métodos de acción. Según esta visión, no se puede hablar de lucha de clases ya que la producción no crea una identidad propia que genere por consiguiente una acción colectiva. Podemos resumir por lo tanto que la fragmentación y la disminución cuantitativa de la población laboriosa crea  la conformación de múltiples y nuevas identidades, base de los llamados movimientos sociales. Y de aquí toda una serie de visiones que opacan la cuestión y la divorcian de un proceso histórico más amplio y que nos permite captar el devenir social en una perspectiva de conjunto, con un carácter de organización y continuidad de los sujetos sociales y sus acciones.

Para abordar estos problemas, tomemos como ejemplo al movimiento piquetero. Mucho se ha escrito y debatido en medios de comunicación, casas de estudio, círculos intelectuales y partidos de todo el espectro político sobre este movimiento popular. Podemos afirmar que constituyó una realidad que nadie pudo  pasar por alto, por su gravitación e impacto social y político que miles de hombres y mujeres provocaron al irrumpir en el escenario nacional bloqueando  rutas y calles en diferentes puntos del país a mediados de la década del 90.

El movimiento piquetero surgió en un contexto histórico  marcado por las grandes derrotas sufridas por el movimiento obrero y el conjunto de las masas explotadas en nuestro país y en el mundo. Este contexto de reacción mundial puede rastrearse dos décadas atrás  producto de una ofensiva en regla del capital  en pos de su recomposición. Los resultados están a la vista, flexibilización laboral,  pérdida de viviendas, desocupación estructural, de-sindicalización, privatización de servicios públicos, saqueo y rapiña de recursos naturales, represión política y exterminio de población en diferentes puntos del planeta

Ante esta situación en la Argentina surgió un movimiento de lucha muy particular, que como señalábamos más arriba conmociono a la sociedad: los piqueteros. ¿Qué composición social tuvo?  ¿Por qué surgió? ¿Qué reclamaba?

La Argentina de esos años había alcanzado índices altísimos de desempleo y pobreza extrema, como consecuencia de las privatizaciones de servicios y recursos públicos (Gas, Petróleo, Ferrocarriles, Teléfonos), se asistía  también a la caída de la actividad industrial como consecuencia de una política especulativa en beneficio del capital financiero. Con la complicidad de la burocracia oficial de los sindicatos, se había rematado el patrimonio nacional, cerrado miles de fábricas y echado a su suerte a grandes contingentes de trabajadores. Ante este panorama, entre fines del año 94 y mediados del 95 hacen su irrupción cortando rutas en los pueblos petroleros de Neuquén y Salta los obreros de YPF, junto con los de la paralizada actividad de la construcción  quienes, totalmente abandonados y entregados por su sindicato (UOCRA), debían escuchar  como su principal dirigente, Gerardo Martínez, culpaba de la catástrofe laboral a sus propias víctimas declarando que “ los inmigrantes son los grandes responsables de la desocupación” (2).

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En relación a sus orígenes, “Tenía, este incipiente movimiento, sus antecedentes más recientes en la resistencia a las privatizaciones menemistas del 92-93, en la pueblada de ese mismo año en Santiago, en las huelgas metalúrgicas de Tierra del Fuego de mayo del 95, las luchas de estatales y municipales en Jujuy. De ahí en adelante, con los cada vez más masivos cortes en Cutral Co, Plaza Huincul en Neuquén y en el departamento de San Martín en Salta, y al calor del descontento general por la situación del país y el desgaste del gobierno nacional, el movimiento fue generalizándose hacia el resto del país, teniendo como dirigentes y referentes del movimiento a cientos de activistas y delegados obreros combativos con una experiencia previa  de lucha en la fábrica, en la obra y otros establecimientos laborales. Estos activistas se colocaban al frente mostrando sus métodos de lucha y acción al resto de los sectores populares,  sumando estudiantes, docentes y empleados públicos a los cortes y planes de lucha. Los reclamos nacieron de una necesidad de primer orden para la totalidad de las masas trabajadoras:

 “Al organizar a los desorganizados, el movimiento piquetero es, en sí mismo, un freno al intento capitalista de atomizar a la clase obrera a través del desempleo; por esa misma razón establece un principio de reconstrucción de la clase obrera sobre nuevos ejes: organización independiente y acción directa para imponer sus reivindicaciones…” (3).

Lo más llamativo y sorprendente de este movimiento, con sus agudas luchas de tendencias, visiones y programas en su interior, radica en que objetivamente se constituyó en el más avanzado esfuerzo de organizar a los desorganizados en la historia del movimiento obrero mundial. Fue parte activa y principal sostén de las huelgas generales de 2000 y 2001 convocada por las centrales sindicales bajo el gobierno de la Alianza , apoyó e intervino en la defensa de las fabricas recuperadas por sus obreros ante el vaciamiento patronal, se movilizo junto a las clases medias expropiadas de sus ahorros,  impacto en las otras clases sociales por el alcance de sus movilizaciones y el contenido político de su programa que incluía el trabajo y el salario, la unidad del ocupado con el desocupado (para enfrentar la competencia obrera que establece la dinámica capitalista por la compra-venta de la fuerza de trabajo), las reivindicaciones de la mujer (gran protagonista de la organización y dirección del movimiento), la educación, la salud, la vivienda, la defensa ambiental contra la depredación. Es decir, de conjunto se esbozaba un planteo destinado al conjunto de las masas explotadas y oprimidas, ofreciendo una salida de conjunto a todas las reivindicaciones populares (4).

Para dicha tarea, de reorganización independiente de la clase obrera, las capas más bajas de esta clase social renovaron, con nuevas particularidades (determinadas por las condiciones objetivas del periodo en que tuvieron que actuar) la lucha histórica del proletariado argentino, entre las que podemos destacar  los grandes piquetes  de los obreros anarquistas y socialistas de principios del siglo pasado,  las huelga y luchas de barricada de los obreros contra la dictadura “ Libertadora” y el gobierno de Frondizi,  las grandes puebladas de fines de los 60 en Córdoba, Rosario, Tucumán etc. El piquetero y su acción están inscriptos, por lo tanto, dentro de la historia de la lucha de clases de nuestro país.

La clase obrera existe y al mundo lo podemos revolucionar

 

La definición de clase obrera ha traído siempre controversias y polémicas  tanto en el universo de la izquierda como en el campo de las ciencias sociales. Con la aparición de las posiciones identitarias, estas discusiones se agravaron.

El concepto de identidad puede resumirse en los siguientes términos: uno es lo que voluntaria y libremente se propone ser. Los piqueteros, según esta visión, si  no se consideran obreros no deberíamos llamarlos así. Pero el principal problema aquí es que uno no es lo que dice o quiere ser. Uno es en función de las relaciones sociales objetivas en las que está inserto, precisamente porque uno es, y se reconoce, puede darse la tarea de actuar en una dirección determinada. Si esto no fuera así: ¿De dónde emerge la incapacidad de reconocerse según los postulantes de los verdugos postmodernos?

La clase obrera, como sujeto de una relación social, tiene una existencia objetiva determinada por su vínculo con los medios de producción. Como clase, está compuesta por los vendedores de la fuerza de trabajo, individuos jurídicamente libres coaccionados por el capital, otra relación social objetiva, a vender su fuerza de trabajo para reproducir su vida biológica y social.

Los desocupados están dentro de esta realidad, y al no colocar su fuerza de trabajo en el mercado, constituyen el sector más castigado de la clase obrera, esto no modifica en nada su condición social debido a la necesidad del capital de poseer una población obrera sobrante compitiendo por la venta de la fuerza de trabajo y actuando como factor de presión para aumentar los ritmos de producción y mantener los salarios por debajo de la canasta básica familiar. Lejos de ser un movimiento de excluidos,  los desocupados están dentro de la estructura de funcionamiento del sistema capitalista como condición necesaria para su reproducción.  Debemos tener en cuenta también que pagan los impuestos al consumo, por lo cual están incluidos dentro de los mecanismos de recaudación impositiva que el estado ejecuta a toda la población.

El movimiento piquetero, que excedió el marco de una exclusividad de los desocupados, es población obrera que pudo llegar a ese grado de elaboración política que le permitió estrechar lazos con una porción significante de las masas, con su clase y demás sectores explotados en pos de inscribirse en la historia argentina como un eslabón más de la lucha de los oprimidos.

Este trabajo propugna por la defensa de la existencia de la clase obrera como sujeto movilizador y transformador de nuestra sociedad. Compuesto por la gran mayoría de los hombres y mujeres que habitan en este mundo, el producto más peculiar creado por el capitalismo, la clase de los asalariados que día a día pone en marcha la palanca productiva, educativa, científica, cultural y artística de nuestra sociedad. Esta defensa de su existencia es la condición necesaria para sostener la necesidad de un proyecto de transformación social de alcance radical que libere a la humanidad de la explotación y la opresión. Esta transformación es posible, a partir de la existencia concreta de un sujeto portador de los atributos para realizarla y, en el camino a su liberación como clase, dar una salida de conjunto al resto de la sociedad. Es decir, el proletariado puede unificar en una lucha común las reivindicaciones y los anhelos de libertad de las minorías oprimidas, que sin una política universal de emanciparon social caen el particularismo, la cooptación, el corporativismo, la desaparición. Solo una política de conjunto, con centralidad en la clase obrera, puede llevar adelante estas tareas.

A su vez, es sumamente necesario para la clase obrera tener esa perspectiva. De lo contrario se encontrara frente a una política particularista, corporativa, “el obrerismo”, que lleva al proletariado a aislarse del resto de los sectores oprimidos y no referenciar hacia ellos todo su potencial revolucionario. La política de la izquierda debe entonces  perseguir ese objetivo.

 Autoras: Ludmila y Zoe (2009)


Notas:

  •  1- Autor del Best Seller: El fin del trabajo.
  •  2- Entrevista en: Página 12; 11 de julio de 1995.
  •  3- Oviedo, Luis, “Una historia del movimiento piquetero”, Ediciones Rumbos, 2004.
  •  4- La asamblea nacional de enero del 2002, reunida en avellaneda, se pronunció por amplia mayoría a favor de este programa.

Por criticas, sugerencias, aportes o colaboraciones contactarse a: ceydgoyoflores@gmail.com

Crítica de Cine :Mi Hermano es Hijo Único (2007 – Italia).

El film, del director italiano Daniele Luchetti, abarca varios años de las agitadas décadas del 50´ y 60’ desde la perspectiva de una familia Italiana. Dos hermanos son los protagonistas, Accio y Manrico. Estos se encuentran separados tanto por rivalidades políticas, como por la típica relación conflictiva entre hermano mayor y menor. Por un lado, Accio, el menor, que luego de un intento fallido de ser cura se afilia al partido neonazi, un tanto irritable, explosivo y problemático; por el otro, Manrico, de temperamento más estable, aguerrido militante en las filas del comunismo y activista de fábrica. Una mujer atraviesa a los dos hermanos, en la relación que estos establezcan con ella se verán plasmadas las personalidades e inquietudes, los modos de proceder y de luchar.

Sin embargo, el film no se limita al típico enfrentamiento, casi folclórico, entre izquierda y derecha en el joven activismo europeo de la posguerra. Va más allá. Accio rompe con el partido neonazi luego de chocar con su dirección y, posteriormente, será atraído por la acción de los comunistas.

Están en juego identidades y roles que exceden la acción política inmediata, que en el comunismo de la época se caracteriza por acciones aisladas con alto grado de violencia. Las penurias de la clase obrera italiana, que actúa como telón de fondo del desarrollo de la obra, se ven reflejadas, por ejemplo, en la lucha por la vivienda.

Muchos críticos de cine han caracterizado esta obra como “típica nostalgia italiana”. Ahora bien, teniendo en cuenta la primacía del elemento trágico en la cultura italiana, sería más adecuado caracterizarla como tragedia. Esta historia es atravesada por la tragedia con un carácter violento y constante. Las alegrías, los enamoramientos y la acción política se desarrollan en años donde los desastres de la guerra eran aun percibidos por las nuevas generaciones. Caracterizar de “nostálgico” este film, implicar proceder a un lavado de cara a los jóvenes activistas de las décadas pasadas poniendo énfasis en que cuestiones ideológicas condujeron a la tragedia de generaciones enteras y, en consecuencia, argumentando que esto no debe ser repetido.

En pocas palabras, esta obra versa sobre la juventud y su rol. Que esta historia se detenga en cotidianidades, a veces corriendo el riesgo de perder un claro hilo conductor, contribuye a acercarse a aquella juventud, de la que tanto se ha escrito y tanto hemos leído, para poder sentirnos cerca de ella y entenderla un poco más.


Ficha técnica:

Título original :Mio fratello è figlio unico

Año: 2007

Duración: 100 min.

País: Italia

Dirección y guión: Daniele Luchetti


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Apuntes Críticos de lectura de “Teoría y Práctica de la Revolución Permanente” de Ernest Mandel

18/10/14

El artículo, que opera como introductor a una compilación (bastante extensa) de escritos de Trotsky, se encuentra dividido en 6 subtítulos. Estos son:

  1. Las premisas teóricas
  2. La experiencia de 1917-1918
  3. Trotsky sólo generalizó la primera ley de la teoría de la revolución permanente en 1937-1938
  4. Revolución permanente o socialismo en un solo país
  5. Revolución permanente y desarrollo económico de la URSS
  6. Tercera ley de la teoría de la revolución permanente

Elegí no dividir en capítulos la redacción ampliada de estos apuntes de lectura. Si así lo hubiera hecho, habría cuestiones que por el esquema hubieran quedado como oraciones en el aire e ideas inconexas (cuestión que un análisis crítico tiene que superar).

Mandel empieza su exposición partiendo de la figura de Trotsky, ya en la Rusia Zarista. Resulta extraño que no parta de la Circular de Marzo de 1850 redactada por Marx, considerada por infinidad de trotskistas como el material en el cual se pone de manifiesto la pérdida del potencial revolucionario de la burguesía para llevar a cabo la revolución democrática, y su conclusión práctica inmediata es la tarea de erigir al proletariado como sujeto revolucionario dotado de independencia política.

  1. Mandel sostiene que la teoría de la revolución permanente fue formulada por primera vez en Resultados y Perspectivas, y advierte que este fue producto de la experiencia práctica de 1905 y de las discusiones que se venían desarrollando en la socialdemocracia. Este folleto redactado por Trotski, vale aclarar ante la omisión del francés, es editado y distribuido en un contexto de reacción y represión en el cual se incautan la mayoría de sus ejemplares, con lo cual el grupo de lectores termina siendo considerablemente reducido.

Se señala desde un primer momento la polémica entre bolcheviques y mencheviques. El autor explica las posiciones de ambos grupos en los siguientes términos (no textual): El pensamiento predominante en los círculos socialdemócratas era que la revolución en Rusia tenía tareas burguesas, imitando de forma mecánica el modelo de la revolución francesa de 1789. En el grupo bolchevique, Lenin combate esta idea con los ejemplos de la revolución de 1848. Poniendo en duda, claramente, la capacidad de la burguesía para dirigir una revolución. Señala Mandel, también, como elemento de importancia, que Marx había señalado que la burguesía en los países poco desarrollados (refiriéndose a las fuerzas productivas) se comporta cobardemente.

En cuanto a las posiciones de Trotsky en el contexto anunciado, el autor señala los posicionamientos. Trotsky, mas allá de apoyar a Lenin en la caracterización de la burguesía y su rol, señala la debilidad del campesinado (producto de su dispersión) en cuanto a su capacidad de ser dirección. A partir de 1906, L. T. sostiene la tesis de la dictadura del proletariado con apoyo en el campesinado, este como dirección centralizando sus movilizaciones y dando satisfacción a sus reivindicaciones.  Estas consideraciones, señala Mandel, son producto de consideraciones del contexto mundial. Ellas parten de sostener que la situación es distinta a 1789 y 1848, el desarrollo del imperialismo daba muestras de los inicios de la declinación del capitalismo. Rusia, como país atrasado, daría lugar a una revolución dirigida por el proletariado, que para superar sus contradicciones debía expandirse a escala internacional.

En este artículo, Mandel pone toda su atención (y por ello espacio e insistencia) en los planteos de Trotsky en el impasse de las dos experiencias revolucionarias (1905-1917/18). Las citas son escasas, casi inexistentes. Luego hacia el final dedicara algunas páginas al debate posterior (una vez en el exilio Trotsky) acerca del desarrollo y condición de la URSS.

  1. M. señala algo muy interesante, a mi modo de ver. Se preocupa en mostrar como distintos autores (de los cuales no precisa un solo nombre, señala únicamente que su gran mayoría son historiadores) vieron en la revolución de febrero la revolución democrática burguesa. Critica esto, argumentando que tareas democráticas como el reparto de la tierra no se realizaron en febrero. Es el etapismo, señala Mandel, quien hace la separación:

REVOLUCION DE FEBRERO          –        REVOLUCION DE OCTUBRE

(DEMOCRATICA BURGUESA)         –       (PROLETARIA SOCIALISTA)

Es interesante, ya que constituye una fuerte crítica a quienes entienden los procesos como escindidos (entre sí) y con una correlación obligatoria (es decir, causa-consecuencia). La revolución democrática, demostró la revolución rusa, solo es posible con un gobierno de la clase obrera apoyado en los campesinos.

Las Leyes de la Revolución Permanente (según Mandel)

Mandel asegura que 2 leyes de la teoría de la revolución permanente, que Trotski habría formulado en 1905-1906 se confirman en 1917. Estas son: que la revolución logra establecer la dictadura del proletariado y que estimulo, exponencialmente, la extensión internacional de la revolución. Que los procesos revolucionarios posteriores no hayan triunfado, explica el autor, se debió al factor subjetivo de la historia.

La tercera ley, según el autor, consiste en comprender que la construcción del socialismo no presupone solo un trastrocamiento fundamental del sistema económico: presupone, igualmente, un trastrocamiento permanente de todas las relaciones sociales; relaciones de producción, de distribución, relaciones entre hombres y mujeres, entre jóvenes y adultos, entre maestros y estudiantes, entre trabajo intelectual y manual, etc. Se trata de una amplia revolución cultural. Señala que para Trotsky la construcción y realización del socialismo es la conquista por el hombre de la capacidad de determinar su propio destino. Y esto solo era posible en cuanto las necesidades humanas fundamentales se encuentren cubiertas.

¿Porque Trotsky escribe tardíamente (luego de la década del ’30) la teoría de la revolución permanente?

Es Mandel quien se formula esta pregunta. Responde a esta, argumentando que fue el desconocimiento, en primer término, de las formaciones históricas de los países atrasados de Asia y America Latina, y en segundo lugar por falta de una experiencia revolucionaria, es decir, una experiencia histórica complementaria que sea prueba viva de la práctica de la revolución permanente.

Esta experiencia llega y es la revolución China de 1925-1927.

Lo que permite a Trotski finalmente comprender y dar cuenta de la complejidad de las estructuras socioeconómicas de los países atrasados, es la formulación de la teoría del desarrollo desigual y combinado. En la cual argumenta que, estos son países que acarrean numerosos residuos de relaciones de producción precapitalistas, pero su inserción en el mercado mundial capitalista y el poder del capital (extranjero, o extrajero y local/nacional) provoca una presión tal sobre todos esos elementos dispares que estos forman, en cierto modo, un conglomerado dominado por el capitalismo.

Es en ese marco particular que la burguesía es forzosamente diferente de lo que fue en el ascenso del capitalismo en occidente. La propia burguesía, insertada en un conglomerado de relaciones precapitalistas, semicapitalistas y capitalistas, se orienta hacia la usura, la especulación de tierras, compra de terrenos, el comercio internacional y no hacia el desarrollo de la industria propiamente dicha (es decir, tiene un papel subordinado con relación al capital extranjero y su función económica principal).

Es en la revolución china, dice Mandel, que se observa a una burguesía (Kuo Min-Tang) incapaz de dirigir, e inclusive de tolerar, una verdadera emancipación campesina. Esta burguesía estaba demasiado interesada en mantener sus propiedades de tierras.

Y es de esto último, señala Mandel, que se desprende la tesis fundamental que Trotsky utiliza para combatir a los partidarios del socialismo en un solo país. Esta tesis sostiene que el mercado mundial, creado por el capitalismo, implica fuerzas agresivas (políticas y militares, determinadas por la tendencia del capitalismo a asegurarse el mundo entero como dominio que explotar) y tendencias dinámicas “progresistas” (presión de una tecnología superior, competencia de nuevos productos) que no dejaran jamás en paz a él o los países donde el capitalismo haya sido abolido.

Sobre la industrialización acelerada de la URSS (y los debates que a esto corresponden), Mandel no dice novedades, ni se detiene a analizarla con profundidad. Apoya la tesis de Trotsky sobre la burocracia, negando que esta sea una clase social.

Autor José Griguol


Referencia Bibliográfica:

Mandel, E., Trotski: Teoria y Practica de la Revolucion Permanente, Siglo XXI, Mexico D.F., 2009. Primera edicion: 1983.

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